domingo, 26 de octubre de 2014

El bien y el mal que desconocemos




                                                   Ilustração de Carlos Ribeiro

No siempre nos damos cuenta del bien y del mal que causamos a los otros. A veces juzgamos sin saber, otras veces hacemos daño sin querer. Es importante que, por lo menos, comprendamos que nuestras acciones van siempre más allá de lo que nos es dado conocer por las apariencias.

Hay quien nos hace mucho bien sin que jamás se lo agradezcamos, y hay también quien nos causa daño sin que, jamás  tampoco, le demos cuenta de eso, ni, tampoco, lo perdonemos. Es bien posible que, ni unos ni otros, sepan lo que (nos) hicieron. Pero, nosotros partimos del principio de que saben ¡y hasta asumimos que lo quisieron! Pero, a los buenos nada les añadimos si les agradecemos, y, a los malos, nada modificamos por disculparles los errores…

Agradecer y perdonar marcan la diferencia. Mucha. En mí y en el otro. Siempre.

Sólo un verdadero amigo arriesga una crítica desagradable pero justa… Pero, ¿cuántas veces somos capaces de agradecerlas? ¿No será que preferimos el placer de las alabanzas injustas e interesadas de otra persona cualquiera?

Casi nunca nuestros actos son juzgados por los otros de la misma forma que los juzgamos nosotros. Las intenciones no pasan de proyectos cuyo resultado material es, a veces, algo tan extraño que sólo seguramente su autor consigue comprender la línea que los liga.

No siempre tenemos coraje para hacer lo que sabemos es bueno. Muchas son las ocasiones en que no conseguimos evitar hacer el mal que no queremos… pero, la tentación del egoísmo es, tal vez, la mayor de todas.

No es, por tanto, tan fácil distinguir el bien del mal. Optar por el bien es arduo, porque, en la vida, lo más fácil casi nunca es lo mejor. Y, aunque después de una montaña de errores, parece que siempre encontramos modo de cometer un disparate más. De elevarnos siempre… más allá de nosotros mismos. El camino de la virtud es duro, estrecho y exige atención constante, pues el descenso se da por el mismo camino que la ascensión… el recorrido del bien es el mismo que el de la perdición, uno sube y el otro desciende… un mismo camino que se puede hacer en direcciones opuestas.

Vence dos veces quien, al vencer, se vence a sí mismo. Quien escoge, para sí y para los otros, lo mejor de sí. La tentación es el momento exacto de la virtud.

La vida es una lucha constante. Un maratón de vidas cruzadas, donde algunos de los efectos de nuestros actos se nos escapan… ¡cuánta gente se entristece (y se alegra) por cosas que nadie, en verdad, deseó… Pero, todo pasa… y un solo día claro basta para hacer olvidar otros cientos!

La sabiduría es humilde, dejando espacio para lo que nos sobrepasa. Nunca se juzga señora de todos los por qués y para qués, ni tampoco, capaz de abarcar el mundo. Es sabia porque se reconoce limitada. Yerra siempre el que se tiene por más de lo que es. . Siempre que cree saberlo todo.

Muchas veces nos engañamos.  Hay quien se emociona con obras de ficción, tal vez porque las  imagina reales, y sea insensible a las tragedias reales, tal vez porque las imagine obras de ficción.

Debemos estar atentos a fin de que no causemos ningún mal (evitable) a los otros, y no nos debemos desanimar cuando la vida parece estar a punto de perder el color y el sentido, al final siempre es posible que podamos hacer el bien a otras personas, aunque no sepamos ni qué ni a quien…

Una mirada, una palabra, un silencio o un pequeño gesto, son suficientes para llevar tinieblas o luz a la vida de otros. Así. En un instante. Dependemos unos de otros. Nunca. Por más grande que sea la soledad en que nos sintamos. Por mayor que sea la oscuridad y el frío, siempre llegará alguien. Siempre. Siempre. Por más que se demore.


¡Luchar siempre con coraje y paciencia para mantener el fuego de nuestra esperanza encendido es suficiente para dar sentido a la vida… a la nuestra y a la de muchos otros!

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