domingo, 28 de abril de 2019

La felicidad no es igual para todos



 José Luís Nunes Martins


Si preguntásemos a toda la gente lo que quiere ser, la inmensa mayoría respondería que quiere ser feliz.

Entre tanto, la felicidad depende de lo que cada persona necesita para realizarse de forma plena. Ya que  no hay dos personas iguales, tampoco hay dos felicidades iguales, por eso, cualquier intento de establecer fórmulas universales está condenada al fracaso.

Casi siempre sabemos lo que queremos, pero la verdad es que casi nunca precisamos de aquello que queremos. Tal vez una fórmula eficaz para garantizar la infelicidad de alguien sea la de darle todo lo que quiere.

La mayor parte de nosotros teme la opinión de los otros, razón por la cual acabamos por tener límites interiores que nos impiden pensar y sentir de una forma más libre. Queremos agradar a los otros, por lo que buscamos nuestras respuestas más en las modas y opiniones ajenas que en aquello que reside en el fondo de nosotros.

La felicidad es una verdad, no un fingimiento. Es gratitud, no insatisfacción.

Ser feliz pasa por identificar con precisión nuestras necesidades más íntimas, asumirlas y buscar aquello que las completa. Cualquier preocupación por las modas es una superficialidad y una pérdida de tiempo.

La felicidad pase tal vez más por desechar que por conquistar.

Evitar complicaciones, reducir a lo esencial, renunciar a la tentación de lo superficial

¿Qué tienes que hacer tú para que tu alma quede en paz?

¿Hacer a otros felices?


https://agencia.ecclesia.pt/…/a-felicidade-nao-e-igual-par…/

miércoles, 24 de abril de 2019

¿Cuánto puede nuestra oración?



JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


¡Son tantas las peticiones que formulamos a Dios que alguien de fuera puede incluso pensar que Dios debe estar siempre despistado, o durmiendo y que necesitamos por eso despertarlo para que haga lo que le estamos pidiendo!

¿Pero, Dios duerme? No. ¿Necesitará que le expresemos aquello que creemos lo mejor? ¿A caso sabemos lo que es más conveniente en cada caso? No.

¿Entonces, para que sirve mi oración? Tal vez para que yo mismo me escuche y así pueda comprender a quién y cómo debo ayudar.

Es más fácil pedir ayuda para otro que hacer lo que depende de nosotros para ayudar. Estamos acostumbrados  a no responsabilizarnos de algunas cuestiones, al mismo tiempo que, en otras, creemos que somos mucho más autónomos, hasta el punto de que creemos y decidimos como si supiésemos más que Dios.        
    
Somos capaces de rezar mucho por la mejoría de alguien cuyas condiciones de salud no son buenas. Ahora bien, tal vez sea bueno pensar cuantas veces agradecemos nuestra salud y la de aquellos que amamos. Pasarán muchos días en que demos eso como ni bueno ni malo, solo normal, cuando, en verdad, un día de buena salud es algo muy bueno,  como acabamos  por comprender así que alguien enferma.

Rezamos porque desbordamos de necesidades… rezamos por nosotros mismos, porque tenemos sed de una paz en la cual el mal está ausente. ¿Pero lo que hacemos nosotros al lado de los que luchan por el bien?

Dios quiere el bien, pero al hacernos libres no puede dejar de respetar nuestra libertad. Así, es bastante importante que estemos conscientes de la responsabilidad que eso implica. Nosotros tenemos muchos recursos, dones y fuerzas que no utilizamos porque creemos que el combate del mal y cada una de sus manifestaciones concretas no es nuestra obligación.

Tal vez ayude pensar el amor como una virtud, más que un simple sentimiento. Una virtud debe practicarse de forma constante, so pena de perderse.

¿Cuánto puede nuestra oración? Puede y debe alertarnos para lo que Dios nos pide, que al final es, muchas veces, que asumamos como nuestra la misión de cumplir lo que estamos acostumbrados a pedirle.

Asumir un papel de protagonista en un mundo donde tantas cosas están mal bien puede dar un sentido a nuestra vida. Buscando en nosotros el coraje que tenemos en lo hondo de nosotros, pero no usamos porque tenemos miedo de arriesgarnos.

En nuestro tiempo de oración debemos buscar en nosotros el coraje, la inteligencia, la sensibilidad y las fuerzas que tenemos en lo más hondo de nuestro ser, pero que muchos de nosotros creen que no tiene.

Jesús nos reveló que el criterio de salvación es amar de forma concreta a los más pequeños de nuestros hermanos, lo que nos hace dignos del cielo son las obras de las que seamos capaces para aliviar el sufrimiento de los que el mundo considera insignificantes y, por eso, invisibles.

Yo puedo dar de comer a alguien hambriento, puedo visitar a un enfermo o vestir a alguien que tiene frío… ¿pero eso acabará con el problema del hambre, de la soledad y de la falta de condiciones mínimas de bienestar en el mundo? No. Pero ayuda. Y más ayudaría si yo consiguiera reclutar más gente para esta misión.

Puede muy bien ser que aquello que Dios nos pide sea eso mismo: cuidar de los más débiles y, porque son muchos, llamar más gente a esa misión, a fin de que se cumpla, no solo en algunos, sino en todos.

La gratitud es un don del que nos podemos revestir. Es sencillo, con todo no es común, porque es difícil e implica humildad. Algunos agradecen, pero piensan que así queda todo saldado. Las hace falta mirar con atención para la grandeza de lo que les ha sido dado. Orgullosos, consideran  que lo que son y tienen es obra suya.

Puede llegar a parecer que somos agradecidos por las pequeñas cosas e ingratos por las grandes.
La gratitud por lo que tenemos y somos debe ser la luz de nuestra oración. El discernimiento que nos indica el camino  también es más fácil de encontrar cuando nos recogemos.

¿Y después de agradecer? No pidamos nada. Dios sabe muy bien lo que conviene en cada momento para aquellos que ama y lo aman amando a los más pequeños de sus hermanos.

La oración nos eleva. Nos permite ver nuestra vida de forma más clara, aunque con más exigencia y sacrificios.

Dios no necesita que lo despertemos. No está despistado. Nosotros necesitamos estar despiertos y más atentos.

Nuestra oración tiene el poder de indicarnos siempre el camino para el cielo.

sábado, 20 de abril de 2019

Amar es una alegría dolorosa




José Luís Nunes Martins


Es aterrador vivir con fe en la sublime verdad del amor, ala cual solo se puede acceder con el alma.

El mundo mira con desdén a aquellos que se aventuran por este único camino que lleva al cielo. Amar es peligroso, porque nunca se arriesga menos que la vida entera.

El amor abraza aquello que la muerte puede llevar, en cualquier momento. Se necesita más que valor para entregarnos a lo que se puede perder…

Amar es ser caritativo y dar con benevolencia. No se trata de buscar placer, de un trueque de alivios o de entrelazar dos soledades.

¿Qué importancia tiene para el mundo alguien que busca amarse a sí mismo? ¿No se revela nuestro amor más profundo cuando hacemos algo bueno o malo por quien nada puede hacer por nosotros?

¿Con cuánto respeto tratamos a aquellos que no nos respetan?

Amar no es casual, es una elección clara de una acción concreta por alguien que la necesita.

El primer momento del amor es el silencio de la contemplación atenta del otro y de aquello que necesita. Incluso llega el momento de darle aquello que él necesita, que suele ser lo que quiere… ni, tampoco, lo que queremos nosotros.

Amar nos revela y eso nos intimida, porque no es común que seamos quien creemos ser…

Amar es sagrado, porque es vivir en el corazón de Dios.

El amor da todo, pero también pide todo.



https://agencia.ecclesia.pt/po…/amar-e-uma-alegria-dolorosa/

sábado, 13 de abril de 2019

Vivimos sin tiempo y con la atención dispersa



José Luís Nunes Martins


En nuestro mundo hay una cantidad enorme de personas, trabajadoras y muy inteligentes, que se dedican, por dinero, a crear dos formas de captar dos de las cosas más preciosas que tenemos: nuestra atención y nuestro tiempo. Aunque consigan cazarnos por solo unos segundos, ya han alcanzado gran parte de su objetivo.

Parece que somos casi impotentes para resistir a estas esas llamadas. El error más grande reside en el hecho de no que no reconocemos inmediatamente que se trata de algo malo para nosotros. Al final, nuestra atención y nuestro tiempo son limitados y no dan para todo. Al dejarnos llevar a donde estas seducciones quieren, estamos dejando atrás otras cosas, tal vez más necesarias.

Descansar es algo esencial. Pero hay quien toma el sosiego como un desperdicio del tiempo. Prefieren seguir por los seductores caminos que las tecnologías de hoy nos proponen. Vamos de imagen en imagen, del enlace en enlace, y casi nunca encontramos algo que, de verdad, nos interese… pero parece que nos encanta andar por estos muestrarios.

Nuestras mentes, rebeldes y muy ágiles, como si fuesen monos, saltan de un sitio para otro, sin cesar, nunca paran, nunca admiran nada. Hay mucho movimiento de ideas y dispendio de energía, pero ninguna acción. No se construye ni se gana nada… solo se pierde, atención y tiempo.

Cada vez más las personas tienen miedo de sí mismas, de los recuerdos, alegrías y terrores de los caminos de su intimidad. Usan la tecnología para mantenerse a una distancia segura de sí mismos, pero acaban todavía más infelices cuando se dan cuenta del resultado de sus elecciones… la solución que encuentran es infantil de tan ingenua: metiéndose cada vez más en aquello que nos distrae, para ver si todo no pasa de una pesadilla de la cual nos acordaremos y … de forma instantánea, todo saldrá bien!

Otras veces soñamos con cambios inmediatos de condición y de lugar, sin darnos cuenta de que, aunque sucediese, no solucionarían el problema, ya que reside dentro de nosotros y en las puertas que mantenemos abiertas a lo que nos intenta esclavizar. Podríamos volvernos millonarios o ir a vivir a una bella y tranquila isla que, aun así, no tendríamos paz. El problema está en nosotros, no en nuestras circunstancias.

Durante siglos, hombres y mujeres, un poco por todo el mundo, construirán monasterios y conventos para vivir. Su preocupación principal era la de no dejarse distraer a fin de aprovechar su tiempo en construir una vida mejor. Pero estas paredes inspiraban a cada uno de ellos para construir dentro de sí un castillo, donde su atención profunda se concentraba en lo más importante y no se perdiese.
Las distracciones de un mundo cada vez mayor y más salvaje tienen que quedar al margen de nuestra vida, so pena de desperdiciar nuestra existencia.

El problema no es la inteligencia artificial. Es la inteligencia humana que está  artificializándose y definiéndose, cada vez que cede a los mecanismos básicos de quien nos quiere autómatas dependientes, consumidores automáticos y esclavos de intereses ajenos.

Es esencial que aprendamos a aprovechar al máximo el tiempo que nos es dado, garantizando que somos señores de nuestra atención.



sábado, 6 de abril de 2019

Los árboles no crecen en el cielo



 José Luís Nunes Martins


Es necesario que haya tierra fértil. Un suelo donde haya materia en descomposición. Porque la podredumbre es fecunda. Porque los sueños más bellos nacen de los contextos en descomposición.

La monotonía y el tedio nos llevan a días sin corazón. Como si la muerte hubiese vencido nuestra esperanza. Pero no siempre tiene que ser así.

Todo es singular. No hay días iguales, cosas iguales, así como tampoco hay personas iguales. Ni una misma persona es igual que era ella misma antes. La pereza nos lleva a generalizaciones que nos ahorran tener que pensar. Nos llevan al engaño de creer que sabemos lo que, al final, no sabemos. Etiquetamos todo y creemos que está visto y será así siempre.

Abrir los ojos, el corazón y la razón a lo que es único en cada cosa nos permite acceder al mundo en que vivimos, rico en belleza y autenticidad. Encontrar puntos por donde  nuestra existencia pueda crecer.

Es necesario salir y lanzar nuestra atención fuera de nosotros. Como si brotásemos de nosotros mismos.

Es a partir de cada una de nuestras tristezas, siempre únicas, como podemos hacer reales los deseos íntimos de felicidad. Así sabemos descubrir nuestra fuerza y su luz.

Así como las ramas de un árbol, también nuestra existencia se expande por caminos diferentes. Unas se secan, otras florecen y fructifican. Dan perfume de vida, expandiéndose en todas direcciones a todos los vientos.

Pero es esencial que nunca nos olvidemos de nuestras raíces. Del suelo que nos alimenta, sin que ni nosotros mismos sepamos como. Es allí, en lo más profundo de nuestra alma, donde se encuentra la simiente que es la fuente de donde brota nuestra vida.

No debemos desperdiciar la vida creyendo que siempre es igual y que será nuestra siempre.

En los días más cenicientos y tristes, sepamos ser más que pasivos testigos del mundo. Siempre somos protagonistas, incluso cuando parece que no hay nada que hacer.

La vida quiere vivir. Le basta solo una grieta y una gota de agua, que hasta pudiera ser una lágrima, para que salga de las hendiduras del suelo donde, a pesar de todo, resiste y sueña con el cielo.