martes, 29 de agosto de 2017

Cambiar de actitud para avanzar




Daniel Medina Sierra


Llevaba un tiempo intentando expresar una idea que me parece muy interesante, pero que me obliga a analizarla con mucho detenimiento, para ofrecer un discurso coherente y ordenado. Un escrito complicado, pensado y repensado para poderlo publicar en este blog.

Se me ha ocurrido plantearlo, contando dos historias.

Un chico se encuentra en paro, su mujer lo deja, pues no tiene ingresos; los amigos y familiares se alejan; cae en depresión por múltiples causas: el estrés, las facturas impagadas, las constantes llamadas del banco....

Todo esto hace que se hunda y se encierre en casa: no duerme, o mejor poco y mal; no come a penas, incluso pueden pasar días sin probar bocado; no tiene luz ni agua, con lo que cae en el abandono más absoluto y el descuido total de la higiene personal. Es un hombre destrozado, por dentro y por fuera, casi un despojo humano.

El otro protagonista de esta historia es un hombre casado, tiene un hijo, un trabajo, su casa, su coche.... Pero, pierde su trabajo con más de veinte años de experiencia y se refugia en el alcohol; la convivencia familiar se resiente y acaba en divorcio. Tiene que marcharse de casa y empieza a vivir en la calle, hasta parar en un albergue.

Son dos historias muy parecidas que, ya sea el destino, Dios, o la casualidad, hace se encuentren en un momento determinado.

Ambos querían salir del pozo, ambos estaban hartos de tanta miseria y sufrimiento e intentaron, cada uno a su manera, empezar de cero.

El primero es algo más joven, no tiene adicciones, es más positivo y está mucho más implicado emocionalmente.

El segundo tiene todas las necesidades básicas cubiertas en el albergue, tiene muchos más años cotizados, más experiencia laboral, más apoyo social.

El primero tiene que acostumbrarse a salir a la calle, asesarse, comer, beber y buscar remedios caseros para “sanar" su grave trastorno mental y emocional. Empezó paseando a sus perros, acudiendo al comedor social para hacer sus dos o tres comidas reglamentarias; ducharse y cambiarse de ropa. Acudió a los servicios sociales, se comunicaba con los demás compañeros.

El segundo tiene que dejar el alcohol o cualquier tipo de adicción, para lo cual acude al CTA, al psicólogo; hace cursos, acude a revisión regularmente, atendido por profesionales que vigilan la evolución y la respuesta a los tratamientos que recibe.

Cada uno hace su tarea y a cada uno obtiene unos resultados, más o menos satisfactorios.

Pero, a la luz de estos resultados es cuando aprecio una diferencia notable, fundamental, la cual es la causa que cada uno siga su camino de aquí en adelante: su actitud ante la vida, los demás, y cada uno consigo mismo.

No fue la economía, o mejor la carencia de la misma, no fueron las personas que los rodeaban, no fue la edad, la salud o la experiencia laboral... fue la actitud de ambos, lo que los separó y distanció para siempre.

El primero, aunque seguía careciendo de los recursos más elementales, de luz y agua, conseguía comer todos los días, estaba aseado y disponía de ropa limpia; se ganó la confianza y el respeto de los demás, de los compañeros y voluntarios. Su voluntad pudo más, le proporcionó mejores resultados, que al segundo todos los recursos y las atenciones profesionales de las que fue objeto.

El segundo pasó del albergue a un centro de desintoxicación, de aquí a un piso compartido, y dispone de una buena pensión para vivir con completa autonomía económica. Hizo sus deberes, los ejecutó uno a uno hasta que pudo valerse por sí mismo económicamente. Todo ese esfuerzo lo llevó a cabo sin voluntad de colaboración, como un autómata: No tenía amistades nuevas, no era positivo, encasillado en el pasado, quejoso, malhumorado, agresivo y muy nervioso, incapaz de escuchar, incapaz de sonreír.

Su único amigo (el primero) se dio cuenta que no podía seguir escuchando cada día los mismos lamentos y quejas. Le estaba afectando mucho esa ‘amistad’, pues era más una molestia que verdadera compañía, y le restaba tiempo para continuar afianzándose en su nueva vida.

Trató de explicarle, trató de hacerle entender, de todas las maneras posibles, que tenía que cambiar su actitud, pero sin ningún resultado.

El primero hizo muy buenos amigos entre el voluntariado, cambió de ambiente y se apuntó a cursos, llegó a hacerse voluntario para ayudar a otros, eso mismo le permitió relacionarse de nuevo con personas fuera del ámbito de la pobreza, colaboraba y tenía una actitud positiva ante los problemas y dificultades, propias y ajenas.

Descubrió que era esencial cambiar de ambiente, tomar perspectiva de su vida desde distintos puntos de vista. Hoy le ayuda un amigo cubriendo con creces las necesidades básicas, pero también otras que ni había pensado, como la carencia de una figura paterna cariñosa y con valores.

Este sigue sin tener una pensión para ser autónomo, pero viendo a los dos juntos, si hubiera que adivinar quien era el excluido social, muchos dirían que es el segundo.

Os cuento estas dos historias verídicas porque, hasta hace muy poco tiempo, no entendía por que el primero avanza y está mejorando, mientras el segundo, después de haber abandonado la calle, los albergues, los centros y pisos compartidos, y cobrar una pensión aceptable, en vez de avanzar está cada vez peor, peor incluso que cuando ambos recogían colillas de la calle juntos.

Entiendo y comparto que las comparaciones son odiosas, pero en determinadas ocasiones es necesario analizar los posibles errores, de lo contrario es difícil saber que falló. 


lunes, 28 de agosto de 2017

Adiós, Francisco, hasta siempre




Ya no es necesario ocultar tu nombre para preservar tu intimidad, Francisco, hoy quiero expresar públicamente, y creo que puedo hacerlo en nombre de todos los que te conocíamos, unas palabras de despedida, la última que podemos darte hasta que nos volvamos a encontrar todos en la eternidad, en el reino de la paz y la felicidad sin fin.

Atrás quedan ya tus preocupaciones, ahora ya no te hace falta leer tanto para llenar tu tiempo, ahora participas del mejor argumento que se puede imaginar, con el protagonista más grande y magnífico, en una escena gozosa, sin fin, y en compañía de todos los bienaventurados.

Sí, en compañía de todos los bienaventurados, porque en vida fuiste una buena persona. Aunque solo nos conociéramos en las visitas que nos hacías a esta oficina, unas veces más prolongadas y frecuentes, otras más esporádicas, bastan para poder decir cosas buenas de Francisco. Él era ante todo discreto, escuchaba desde su silencio cuanto se decía en nuestras tertulias, luego sonreía y a veces decía unas pocas palabras, siempre oportunas y equilibradas.

Él sabemos que padecía de ‘agorafobia’, por lo que le costó empezar a formar parte de las tertulias, era capaz de leer en medio de discusiones acaloradas, y participar mediante gestos o miradas, hasta que empezó a dejar el libro cerrado y participaba como otro más, siempre con la discreción que lo caracterizaba.

Los que le conocían y trataban fuera de esta oficina hablan igualmente bien, o mejor, pues añaden la faceta de generoso, dispuesto a ayudar a otros y acogerlos, a pesar de que a él no le sobrarían los recursos. Como suele suceder, el que menos tiene es el que mejor y más ayuda, porque entiende y comparte los sentimientos de quien carece de lo necesario para vivir.

Francisco, yo te prometo rezar para que verdaderamente estés compartiendo el argumento más fantástico que se pueda imaginar, junto al Gran Protagonista de la Historia del mundo, el más imaginativo Creador de personajes y situaciones, El que, al terminar sus representaciones, los reúne a todos junto a sí para siempre, lo hayan hecho mejor o peor, o regular…

sábado, 26 de agosto de 2017

Los imprudentes nunca tienen paz




OPINIÓN DE JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


 “Nadie nace bueno. Que seamos buenos es el resultado de una lucha constante, donde al enemigo le basta un desequilibrio para que aquello que ha llevado años construir se destruya en una sola noche.”

Hoy se prefiere el exceso. Se recurre a la exageración como si fuera bueno y la moderación se considera una flaqueza cobarde de quien es incapaz de ir más allá de sus límites. 

Los extremos nunca fueron buenos, ni la imprudencia fue alguna vez un medio eficaz de llegar a un buen fin.

Ser humano implica encontrar el punto de equilibrio en todo. La armonía es una condición de la felicidad que es la paz. El mal es complejo y radical, engaña por medio de la mentira de las apariencias fugaces y deslumbrantes y no combate con armas semejantes, sino con verdad, sencillez y determinación paciente.

Moderar los apetitos y los deseos es el primer paso de quien busca construir y recorrer el camino seguro.

La inteligencia y la experiencia exigen que seamos prudentes, que hagamos del tiempo un aliado, impidiendo que la prisa o la pereza nos lleven a decidir en el momento equivocado. Lo mismo debemos hacer con el espacio, ni demasiado lejos, al extremo de que no podamos siquiera distinguir los contornos, ni tan próximo que no veamos sino un detalle ínfimo, aislado y perdido de su contexto.

Un árbol crece lentamente, pero seguro. Se eleva a medida que enraíza. Un fuerte tronco une las raíces, que buscan sin cesar las mejores fuentes de alimento, a las ramas, que apuntan al cielo.

Lo invisible es la razón de ser de lo visible.

Los que prefieren el radicalismo no tienen paciencia para comprender que jamás la verdad se dejará abarcar por un ciego de corazón y soberbio de inteligencia.

Hay algo extraño en las voluntades temerarias que sobrepasa los límites. Hay quien se permite todo en nombre de una libertad que en manos de un radical no es un bien, sino un mal. Para sí mismo, para los otros y para el mundo.

Ser prudente no es ser neutro ni quedarse inmóvil, implica decir y actuar en el tiempo exacto. No es para débiles, perezosos o cobardes.

Nadie nace bueno. Ser buenos es el resultado de una lucha constante, en la que al enemigo le basta un desequilibrio para que aquello que ha llevado años construirlo se destruya en una sola noche.

Sólo la prudencia nos puede conducir a la paz que es la felicidad.


Imagen Carlos Ribero

miércoles, 23 de agosto de 2017

Miente solo el que quiere engañar para obtener un beneficio injustamente.


Generalmente damos muchas vueltas a las cosas, a los temas, incluso a las personas, en nuestras conversaciones diarias. Pero cuando lo hacemos entre voluntarios o profesionales de los servicios sociales, las personas sobre las que ejercemos nuestra opinión, juicio, o prejuicio... son personas que sufren la marginación, durante más o menos tiempo, algunos durante años, tantos, que suponen la mitad o más de su vida, la cual desconocemos. Además, en muchos casos se trata de personas aún jóvenes, queriendo decir con ello que ¡tienen expectativas de futuro!

Desgraciadamente, el futuro, sobre todo en nuestros días, se ha vuelto muy esquivo, peor aún, lejano, tanto, que puede contemplarse como un espejismo en medio de un desierto de indiferencia generalizada, casi total, sobre todo por parte de quienes pudieran contribuir a hacer realidad tantos sueños malogrados: políticos, empleadores, sindicatos, particulares que malgastan su dinero en cosas o gustos superfluos, y no comparten sus bienes y personas con quienes le estarían muy agradecidos…

Cuando nos quejamos de que personas que viven en la marginación nos mienten,  a veces porque ya estamos cansados de escuchar las mismas cosas, o porque nos cae mejor o peor… yo insisto y afirmo que “no mienten”, porque lo hacen forzados por la necesidad, para protegerse de algo que solo la persona sabe, o por miedo,  o por la costumbre de vivir en la calle teniendo que sortear mil trampas diarias;  quién sabe si no es para para tratar de ocultar sus fracasos o su incapacidad para conseguir algo en la vida por sí mismos.

Es imprescindible, y propio de una sociedad desarrollada y justa, dar a quien esté dispuesto, la oportunidad de reintegrarse, poner a su disposición cuantos medios sean necesarios, hasta que recupere su voluntad, su autoestima, y la dignidad perdida ante sí mismo y ante quien se la negaba antes. Entonces ya no tendrá necesidad de mentir.

Pero, si escribía lo anterior hace ya algunas semanas, hoy, en cambio, digo que, a veces, tenemos que tener mucho cuidado cuando tratamos con personas que están en situación de necesidad, o padecen algún trastorno, sobre todo cuando no colaboran, pues, al percibir que alguien los escucha e intenta comprenderlos, y está dispuesto a ayudarles de alguna manera, entonces se aferran tan fuertemente al profesional o al voluntario,  como se sujeta un náufrago desesperado al socorrista que llega en su auxilio, poniendo en peligro la vida de ambos.

Y escribo esto porque hay una persona ahora que quiere, ella sola, por sí misma, salir de la dependencia, forzando al límite su maltrecha voluntad. Quizá por eso, una vez ha empezado a recuperar algunas cosas, mediante la ayuda de los demás, quiere tenerlas todas. Quiere ser como los demás, de repente, no se da cuenta que él tiene que empezar de cero, que le hace falta mucha voluntad, y mucha humildad, para controlar los deseos, que tiene que ir asimilando pequeños hábitos de comportamiento que le conduzcan a una auténtica autonomía, para saber lo que de verdad necesita, lo que más y lo que menos.

He ido dejando pasar los días, sin muchas ganas de escribir estas reflexiones, hasta que esta mañana llega a la oficina una persona, muy dispuesta a hablar, habla sin parar, pero habla bien, todo le parece estupendo, y nosotros también, porque lo escuchamos que le damos la mano… Dice textualmente que más importante que el dinero es una palabra, un abrazo, un gesto… Él se siente tratado como una persona, con toda su dignidad.

Nos cuenta su vida en pocas palabras: fue abandonado de niño por sus padres a causa de la droga y del alcohol. Sin embargo, está agradecido a cuantos le han ayudado a crecer y perdona a su madre, pues ya le ha explicado por qué lo tuvo que dejar en otras manos amigas. Ahora está en paro, aunque es buen mariscador, y tiene una barquita de pesca. Ha pasado por momentos trágicos, pero no se rinde. Llega a decirnos que ha sufrido  algunos naufragios reales con su barca, y que incluso ha visto ahogarse a algún compañero al tener que soltarlo cuando ha acudido en su ayuda, para no ahogarse él también. Es muy dura la vida, dice, pero hay que seguir luchando…

Y esta realidad suya es la que me mueve a mí a poner por escrito estas reflexiones, ya que yo había comparado la labor del voluntario, en algunos casos, a la de un socorrista que tiene que acudir a salvar a un náufrago, aunque el nuestro sea un náufrago de otros mares: de la familia, del trabajo, de la sociedad, de la ciudadanía…

Pero, todos en algún momento de nuestra vida  somos unos náufragos y acudimos a Dios en nuestra desesperación, confiamos en el  Todopoderoso que envía a la tierra a su Hijo para salvar a todos los que quieran salvarse. Él es, por tanto, el mejor Maestro para quien quiera ayudar a los demás, pues así como Él hace, siempre tendrá esperanza, siempre dará cuanto tiene,  se dará entero,  no reserva nada para sí. Él además se da todo en todos, por eso nos hace a todos iguales, hijos de Dios queridos, y se ofrece para  conducirnos a la patria celestial, allí donde no cabe la marginación ni la injusticia.


sábado, 19 de agosto de 2017

No dependo solo de mí



OPINIÓN DE JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Necesito tener un espacio propio y reconocer el de los demás. Necesito respetar, ser respetado y respetarme.

Una planta necesita de tierra fértil y de agua, de sol y de mar, de tiempo y de espacio. No consigue desarrollarse por sí sola. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. La mera esencia de alguien no es suficiente para que se desarrollen todas sus potencialidades.

Necesito de ti para ser yo. Para darme y acogerte. Sin algún otro, diferente de mí, no hay amor y, sin amor, no hay vida personal.

Somos cuerpo, razón, corazón y espíritu. Estas dimensiones dependen unas de las otras y cada una de ellas resulta también de la influencia del mundo que nos rodea.

Necesito de agua y alimento para mi cuerpo. Vivo en un cuerpo y necesito su bienestar y salud.

Necesito el mundo, fe y amor dentro de mí. Los sustentos de mi razón, de mi espíritu y de mi corazón.



El intento de una independencia total es, en este contexto, un egoísmo sin sentido, ya que no es siquiera posible una autonomía, a no ser de palabra en los que creen ser quienes no son.

No podemos todos ser todo. Somos diferentes y tenemos contextos diferentes. Ahí está la raíz de nuestra individualidad.

Lo que soy depende del equilibrio entre mi interior y todo lo que está a mi alrededor.

Necesito crecer, querer ser más, Corregirme y, tal como una planta, abrir los brazos y llegar más cerca del cielo… llegar a ser uno, diferente y auténtico.


Ilustración Carlos Ribero




sábado, 12 de agosto de 2017

Felices los que viven cada día


OPINIÓN DE JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Casi todos buscamos fuera de nosotros mismos las razones de nuestra esperanza, las razones de nuestra paciencia y sentido de nuestro amor. Somos capaces de casi todo en la búsqueda de lo que creemos que es el tesoro más importante de la vida.

Como si nuestro interior no fue más que un monte de basura sin valor.

Pasan los días y las noches, inviernos y primaveras, y nuestros ojos y oídos parecen atender solo al vacío y la distancia de donde, de repente, creemos, surgirá la respuesta, el por qué y el para qué de nuestra existencia.

No vemos todo lo que es sencillo y está a la vuelta, ni escuchamos lo que proyectamos dentro de nosotros.

¿De qué nos vale con quistar el mundo si nos perdemos a nosotros mismos?
No debemos dejar que nuestro corazón se endurezca, que nuestra razón se ciegue ni nuestra voluntad se acobarde.

Vivir lejos de nosotros mismos, en el espacio o en el tiempo, buscando ser quien no somos, es ser infelices por propia elección.

Hay razones aquí y ahora, fuerzas y sentido para nuestra existencia. Así lo sepamos reconocer y asumir con humildad y valentía.

Nuestra esperanza depende de nosotros, el valor de la paciencia depende de nosotros, el sentido de nuestro amor depende de nosotros. Somos libres y estamos llamados a decidir. No tenemos que buscar una solución escondida, sino construir una, la nuestra, única y auténtica.

La felicidad que persigues solo conseguirás alcanzarla cuando te encuentres con lo que tú mismo eres.

Felices los que no se desaniman cuando parece que todo está perdido, y trabajan día a día para cumplir la misión que hayan escogido.

Felices los que saben que su felicidad depende de lo poco que pueden hacer hoy.

Ilistración Carlos Ribero


martes, 8 de agosto de 2017

Hoy, dos sucesos posibles y un cierre improcedente



Muchas veces he dicho que nuestra pequeña oficina, con lo pequeñita que es, en cambio da cabida a una gran cantidad de personas, pero por eso también suceden a veces cosas no tan agradables, molestas, y hasta preocupantes. Siguiendo la tónica de este verano, en el que no ha disminuido la afluencia de demandantes de ayuda y los casos extraordinarios, algunos no exentos de dificultad o inquietud, hoy nos han sorprendido tres acontecimientos muy diferentes, aunque los tres tienen una carga y una trascendencia importante, obligándonos a reflexionar y a cuestionar las consecuencias de nuestra actitud y nuestro trato con personas necesitadas.

Primero fue la noticia de la desaparición repentina de una persona que tenía una historia de varios años en el albergue, donde colaboraba además, diariamente, con las hermanas. Recuerdo cuando llegó que no hablaba a penas, pero poco a poco fuimos ganándonos su confianza y empezó a hablar y a participar como uno más en cualquier conversación. Él tenía algún problema de salud y eso le tenía preocupado. Pero nadie sospechaba que tomara una decisión tan radical. Es posible, sin embargo, que haya sufrido algún accidente del que no tengamos conocimiento. Si se ha ido voluntariamente, lo único que cabe es desearle lo mejor.

Nos sorprendió también la información que recibimos de una persona, que ha estado acogida en el albergue en varias ocasiones, pero que ahora duerme en la calle.  El informante es una buena persona, anónima, del pueblo, que lo ha cuidado durante bastante tiempo y se ha ganado su confianza. El protagonista es R. un buen hombre que no se mete con nadie, que siempre sonríe, y aunque se puede tener con él una conversación normal, y es capaz de contestar con cierta cordura, sin embargo hace cosas fuera de lo normal, incluso poniendo en riesgo su salud, ya que es capaz de consumir los desechos que encuentra en las papeleras o contenedores.

Lo que no sabíamos era por qué hacía esto. Y vino este buen vecino de San Fernando a decirnos algo que nos permite conocer mejor a nuestro asiduo visitante, ya que suele venir a tomar su cafelito, aunque es un tanto irregular. Hace esto porque está empeñado en ahorrar toda la paguita que recibe por su discapacidad, y quiere reservarla para cuando se jubile, o tenga que ir a una residencia. Así ha logrado reunir una cantidad considerable.

Pero no es menos asombroso que la información el informante. Se trata de un hombre joven, que ha sufrido el zarpazo terrible de la droga, pero que ahora, recuperado, se siente tan agradecido con la vida que puede volver a disfrutar, gracias a la ayuda recibida, y sobre todo la compañía fiel de su mujer, que se dedica a ayudar a otras personas discapacitadas de su entorno.

Sabiendo la situación, y conociendo la cartilla de nuestro amigo R., es digno de admiración y elogio este buen caballero, que se ha reencontrado con la nobleza auténtica y la sirve tan eficazmente, tan generosamente.

El tercer asunto es sumamente desagradable. A penas lleva una semana abierto el albergue para mujeres, ya se cierra, inmediatamente, de un día para otro. El Motivo es la falta de personal para atenderlo. ¡Con lo que ha costado que se abrieran las cuatro plazas para albergue de mujeres! Ha habido demasiados asuntos sin resolver y otros mal resueltos en esa benéfica Institución en los últimos tiempos, que han trascendido, sin duda, fuera de esas puertas y paredes de acogida, y que han conducido incluso al abandono de una nueva Conferencia de San Vicente, más joven, porque quería llevar a cabo algunos cambios, cambios necesarios para adaptar mejor el modo de llevar el albergue a la compleja sociedad actual. Y aún dos voluntarios más han sido expulsados recientemente, aunque al parecer serán escuchados en sus quejas por más altas instancias. A ver si por fin encuentran una solución que beneficie y satisfaga a todas las partes.

La primera en comunicarnos la noticia fue una de las dos acogidas que llegó a última hora, nerviosa y muy preocupada, para decirnos que la Hermana le había dicho que se iba a cerrar el albergue, que si eso era cierto. Nosotros no lo sabíamos, claro está. Yo traté de calmarla diciéndole que no me parecía posible, que quizá es que las hermanas no están acostumbradas a acoger a mujeres y se encuentran un poco desbordadas… Ella insistía, y quería comunicárselo al trabajador social, como así hizo. Al final se confirma la noticia. Se les buscará acomodo en otro albergue, aunque parece que todos están completos. Al final irán aun centro evangélico, creo recordar que una de ellas ya venía de allí.

¡Dios mío! ¡Por qué no buscan una forma de solucionar los problemas de una vez, sin dimes y diretes, sin hacer más costosa la estancia a las personas que buscan refugio entre sus paredes…! Así lo deseo, y pido a Dios que les de sabiduría y humildad para encontrar esa bendita solución, por el bien de las personas que allí se acogen, por el buen nombre de la Institución que representan, el bien de la Iglesia, y para gloria de Dios!

sábado, 5 de agosto de 2017

¿Demasiado atareado para ocuparte de tu vida?


La falta de certezas es señal de que hay misterios que se pueden revelar excelentes sorpresas.

OPINIÓN  DE  JOSÉ  LUÍS  NUNES  MARTINS

Hay personas que viven de espaldas a su vida, no consiguen hablar ni consigo mismas. No tienen tiempo para luchar por ellas mismas, por sus sueños, perdiéndose en tantos trabajos que creen que son más importantes, pero que, al final, no sirven para nada.

La verdad es que el tiempo pasa más rápido para los despreocupados. La vida nos va demostrando que no hay sueños imposibles, solo soñadores que no quieren dejar de serlo, son perezosos, prefieren solo suspirar en vez de ponerse en camino.

No sabemos cuánto tiempo tenemos, por lo creer que será mucho es tan imprudente como considerar que nuestra vida terminará hoy. Y esta duda no es mala. La falta de certeza es señal de que hay misterios que pueden revelarse excelentes sorpresas.

Hay quien pasa el tiempo en el pasado, perdiéndose en lo que pasó… en el pasado que vivió  y en el que no tuvo, sino lo que le gustaría haber tenido. Algunos llegan a darse cuenta del tiempo que han desperdiciado, pero no aprenden.

También están aquellos que planean en futuros lejanos, perdiéndose en realidades que, lejos en el tiempo y en la realidad, no son nada aún y nunca podrán llegar a ser. Es corriente imaginarse que todo parece hecho sin que tengamos que hacer nada. Al final, dicen, ¡si es por soñar, que se sueñe a lo grande! Pobres, que no saben siquiera que buena parte de la felicidad tiene que ser fruto de nuestras manos.

Son muchos los hombres y mujeres que nunca fueron nada desde que eran niños y quisieran dejar de serlo…

Quien no tiene tiempo para su vida está muerto, a pesar de las apariencias.
Ilustração de Carlos Ribeiro 

04 ago, 2017 http://rr.sapo.pt/artigo/90411/demasiado_atarefado_para_te_ocupares_da_tua_vida

martes, 1 de agosto de 2017

La rutina es un muro ante los cambios



Daniel Medina Sierra


La vida nos juega malas pasadas, eso es obvio, ningún objeto queda inmóvil eternamente, tarde o temprano habrá una causa y por tanto un efecto. Imaginen entonces, un ser viviente, cualquiera, que conozca un poco la naturaleza, verá que está en permanente cambio, transformación, degradación, multiplicación...

Nosotros los seres humanos necesitamos, más que ningún otro ser de este mundo, un ambiente tranquilo, necesitamos un punto de referencia; cuando algo fuera de nuestro control entra en escena, entramos en pánico.

Necesitamos orden en nuestras vidas, coherencia. Es más fácil entenderlo con ejemplos. Si zarpamos en un barco, con aguas tranquilas, todo el equipo en perfectas condiciones, con una ruta clara y un destino, estaremos tranquilos y disfrutaremos del viaje. Cada cambio que transcurra en el viaje será motivo de miedos y angustia. El mar esta embravecido, el equipo empieza a fallar, no tiene siquiera una brújula para orientarse. En cuestión de minutos, un viaje apacible se convierte en una verdadera pesadilla.

En sentido más cotidiano el símil es, en esencia, semejante. Estudiar, trabajar, mantener una relación sentimental, casa, compromiso, hijos, un viaje con ciertos sobresaltos pero con ruta y destino claros. Queremos creer que tenemos control de nuestras vidas, que nada malo nos pasará, que podremos impedir que nos robe la brújula, pues sin ella estaríamos perdidos.
No tenemos control sobre nuestras vidas, la rutina es un muro ante los cambios, una especie de burbuja.
Nadie te prepara para saber qué debes hacer, o cómo reaccionar ante semejante situación. Tenías trabajo e ingresos y ahora no ¿Cómo gestionas la falta de ingresos, de la rutina del ganarse el pan?

¿Y si solo eran las primeras nubes antes de la gran tormenta?... Su pareja le deja, pierde su casa, amigos, familia... la tormenta perfecta. Causa y efecto, propia o ajena, puede cambiar por completo el rumbo de nuestras vidas. Cuando ya nada crees que te va a sorprender, truenos y relámpagos impiden ver el horizonte, una salida.

El secreto es dejarse llevar, cuántas batallas perdidas contra los cambios que inexorablemente tendrán que ocurrir, cuantas negaciones de la verdad, cuanto rencor, cuanta incomprensión, para reconocer que no soy dueño de mi vida, pero si de mis actos.

Cuando recibes esa gran revelación es cuando más valoras el entorno que nos rodea. Ser consciente de la fragilidad y disfrutar de cada momento, es la mayor obra que podemos dejar en nuestra corta estancia en este mundo. No todo lo que sube es bueno, no todo lo que baja es malo. Caminar hacia delante es, en ocasiones, caminar hacia atrás. Tal vez estemos tan preocupados por subir, que nos olvidamos del esfuerzo, de la voluntad, desechamos tantas lecciones de humildad que aprendimos cuando estábamos abajo. Ir hacia delante con las maletas repletas de recuerdos, de promesas, una parte importante de nuestras vidas se nos escapa, porque consciente o inconscientemente fuimos tirándolas porque nos pesaba mucho e impedían que corriéramos más deprisa.