miércoles, 23 de agosto de 2017

Miente solo el que quiere engañar para obtener un beneficio injustamente.




Generalmente damos muchas vueltas a las cosas, a los temas, incluso a las personas, en nuestras conversaciones diarias. Pero cuando lo hacemos entre voluntarios o profesionales de los servicios sociales, las personas sobre las que ejercemos nuestra opinión, juicio, o prejuicio... son personas que sufren la marginación, durante más o menos tiempo, algunos durante años, tantos que suponen la mitad o más de su vida, la cual desconocemos. Además, en muchos casos se trata de personas aún jóvenes, queriendo decir con ello que ¡tienen expectativas de futuro!

Desgraciadamente, el futuro, sobre todo en nuestros días, se ha vuelto muy esquivo, peor aún, lejano, tanto que puede contemplarse como un espejismo en medio de un desierto de indiferencia generalizada, casi total, sobre todo por parte de quienes pudieran contribuir a hacer realidad tantos sueños malogrados: políticos, empleadores, sindicatos, particulares que malgastan su dinero en cosas o gustos superfluos, y no comparten sus bienes y personas con quienes le estarían muy agradecidos…

Cuando decimos que mienten, a veces porque ya estamos cansados de escuchar las mismas cosas, o porque nos cae mejor o peor… yo insisto y afirmo que “no mienten”, porque lo hacen forzados por la necesidad, para protegerse de algo que solo la persona sabe, por miedo, por la costumbre de vivir en la calle teniendo que sortear mil trampas diarias; o quién sabe si no es para para tratar de ocultar sus fracasos o su incapacidad para conseguir algo.

Es imprescindible, y propio de una sociedad desarrollada y justa, dar a quien esté dispuesto, la oportunidad de reintegrarse, poner a su disposición cuantos medios sean necesarios, hasta que recupere su voluntad, su autoestima, y la dignidad perdida ante sí mismo y ante quien se la negaba antes. Entonces ya no tendrá necesidad de mentir.

Pero, si escribía lo anterior hace ya algunas semanas, hoy, en cambio, digo que, a veces, tenemos que tener mucho cuidado cuando tratamos con personas que están en situación de necesidad, padecen algún trastorno, sobre todo cuando no colaboran, pues, al percibir que alguien los escucha e intenta comprenderlos, y está dispuesto a ayudarles de alguna manera, entonces se aferran tan fuertemente al profesional o al voluntario,  como se sujeta un náufrago desesperado al socorrista que llega en su auxilio, poniendo en peligro la vida de ambos.

Y escribo esto porque hay una persona ahora que quiere, ella sola, por sí misma, salir de la dependencia, forzando al límite su maltrecha voluntad. Quizá por eso, una vez ha empezado a recuperar algunas cosas, mediante la ayuda de los demás, quiere tenerlas todas. Quiere ser como los demás, de repente, no se da cuenta que él tiene que empezar de cero, que le hace falta mucha voluntad para controlar los deseos, que tiene que ir asimilando pequeños hábitos de comportamiento, que le conduzcan a una auténtica autonomía, para saber lo que de verdad necesita, lo que más y lo que menos.

He ido dejando pasar los días, sin muchas ganas de escribir estas reflexiones, hasta que esta mañana llega a la oficina una persona, muy dispuesta a hablar, habla sin parar, pero habla bien, todo le parece estupendo, que le escuchen que le den la mano… Dice textualmente que más importante que el dinero es una palabra, un abrazo, un gesto… Él se siente tratado como una persona, con toda su dignidad.

Nos cuenta su vida en pocas palabras: fue abandonado de niño por sus padres a causa de la droga y del alcohol. Sin embargo, está agradecido a cuantos le han ayudado a crecer y perdona a su madre, pues ya le ha explicado por qué lo tuvo que dejar en otras manos amigas. Ahora está en paro, aunque es buen mariscador, y tiene una barquita de pesca. Ha pasado por momentos trágicos, pero no se rinde. Llega a decirnos que ha tenido algunos naufragios, y que incluso ha visto ahogarse a algún compañero al tener que soltarlo cuando ha acudido en su ayuda, para no ahogarse él también. Es muy dura la vida, dice, pero hay que luchar…

Y esta realidad suya es la que me mueve a mí a poner por escrito estas reflexiones, ya que yo había comparado la labor del voluntario, en algunos casos, a la de un socorrista que tiene que acudir a salvar un náufrago, náufrago de otros mares: de la familia, del trabajo, de la sociedad, de la ciudadanía…

Pero, para Dios no hay náufragos, Él ha venido para salvar a todos los que quieran salvarse, por eso es un buen Maestro para quien quiera ayudar a los demás, siempre tendrá esperanza, siempre dará cuanto tiene, pues Él se da entero siempre, no reserva nada para sí, se da todo en todos, por eso nos hace a todos iguales, hijos de Dios.

sábado, 19 de agosto de 2017

No dependo solo de mí



OPINIÓN DE JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Necesito tener un espacio propio y reconocer el de los demás. Necesito respetar, ser respetado y respetarme.

Una planta necesita de tierra fértil y de agua, de sol y de mar, de tiempo y de espacio. No consigue desarrollarse por sí sola. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros. La mera esencia de alguien no es suficiente para que se desarrollen todas sus potencialidades.

Necesito de ti para ser yo. Para darme y acogerte. Sin algún otro, diferente de mí, no hay amor y, sin amor, no hay vida personal.

Somos cuerpo, razón, corazón y espíritu. Estas dimensiones dependen unas de las otras y cada una de ellas resulta también de la influencia del mundo que nos rodea.

Necesito de agua y alimento para mi cuerpo. Vivo en un cuerpo y necesito su bienestar y salud.

Necesito el mundo, fe y amor dentro de mí. Los sustentos de mi razón, de mi espíritu y de mi corazón.



El intento de una independencia total es, en este contexto, un egoísmo sin sentido, ya que no es siquiera posible una autonomía, a no ser de palabra en los que creen ser quienes no son.

No podemos todos ser todo. Somos diferentes y tenemos contextos diferentes. Ahí está la raíz de nuestra individualidad.

Lo que soy depende del equilibrio entre mi interior y todo lo que está a mi alrededor.

Necesito crecer, querer ser más, Corregirme y, tal como una planta, abrir los brazos y llegar más cerca del cielo… llegar a ser uno, diferente y auténtico.


Ilustración Carlos Ribero




sábado, 12 de agosto de 2017

Felices los que viven cada día


OPINIÓN DE JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Casi todos buscamos fuera de nosotros mismos las razones de nuestra esperanza, las razones de nuestra paciencia y sentido de nuestro amor. Somos capaces de casi todo en la búsqueda de lo que creemos que es el tesoro más importante de la vida.

Como si nuestro interior no fue más que un monte de basura sin valor.

Pasan los días y las noches, inviernos y primaveras, y nuestros ojos y oídos parecen atender solo al vacío y la distancia de donde, de repente, creemos, surgirá la respuesta, el por qué y el para qué de nuestra existencia.

No vemos todo lo que es sencillo y está a la vuelta, ni escuchamos lo que proyectamos dentro de nosotros.

¿De qué nos vale con quistar el mundo si nos perdemos a nosotros mismos?
No debemos dejar que nuestro corazón se endurezca, que nuestra razón se ciegue ni nuestra voluntad se acobarde.

Vivir lejos de nosotros mismos, en el espacio o en el tiempo, buscando ser quien no somos, es ser infelices por propia elección.

Hay razones aquí y ahora, fuerzas y sentido para nuestra existencia. Así lo sepamos reconocer y asumir con humildad y valentía.

Nuestra esperanza depende de nosotros, el valor de la paciencia depende de nosotros, el sentido de nuestro amor depende de nosotros. Somos libres y estamos llamados a decidir. No tenemos que buscar una solución escondida, sino construir una, la nuestra, única y auténtica.

La felicidad que persigues solo conseguirás alcanzarla cuando te encuentres con lo que tú mismo eres.

Felices los que no se desaniman cuando parece que todo está perdido, y trabajan día a día para cumplir la misión que hayan escogido.

Felices los que saben que su felicidad depende de lo poco que pueden hacer hoy.

Ilistración Carlos Ribero