lunes, 13 de octubre de 2014

Cuestión de voluntad



Esta mañana casi no daba crédito a lo que veía, entraba en la oficina nuestro amigo R. con una imagen nueva, como jamás lo habíamos visto, y mis dudas tenía de llegar a verlo un día de “persona normal”, con el que se puede mantener una conversación sin tener que estar recurriendo a lugares comunes y tópicos para animarnos como el varón de Münchaussen, tirándonos de los pelos hacia arriba para salir de las arenas movedizas.

Ha sido una alegría mirarnos a la cara, de frente, de tú a tú, luciendo una sonrisa auténtica, que deshacía cualquier duda o mal  recuerdo sobre la capacidad de R. para recuperarse.

Hoy no vino como solía hacer, echándose encima de mí, besándome y tambaleándose; hoy ya no me necesitaba para afirmarse, era dueño de sí mismo; le pregunté, más o menos, cómo se había operado ese milagro, y me contestó con aplomo: “ha sido cuestión de voluntad, porque me lo propuse”.

Todos lo alabamos y lo despedimos hasta el día siguiente porque tenía prisa, pero lo esperamos impacientes para que nos cuente, si lo tiene a bien, cómo logró rescatar la voluntad perdida, o quizá sólo estaba dormida y despertó con el estímulo adecuado, como en los cuentos, con un beso, con un toque mágico del hada buena, después de haber superado una peripecia llena de obstáculos y dificultades poniendo en riesgo la vida misma. Siempre me acuerdo de una gran película: “Nani Manzanas”, con cuanto gusto uno quisiera que fuera una realidad más a menudo.


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