martes, 2 de diciembre de 2014

El egoísmo es un miedo a amar




                                                  Ilustração de Carlos Ribeiro

El amor puede llegar a nuestro corazón viniendo desde el cielo… pero nunca sirve para nosotros mismos. Debemos hacerlo llegar  a quien necesita de él, amando con un único fin: la felicidad de aquella persona concreta.

Hay quien llama amor al impulso básico de la pasión fulminante, que en la atracción física posesiva, casi incontrolable, procura satisfacerse, consumirse y saciarse…

Hay también quien piensa que el amor es una alegría, que resulta de la unión de dos voluntades que procuran estar juntas y comparten momentos, esperanzas, dolores y sueños. Siendo que, aquí, según dicen, sólo hay amor si los dos deseos se encuentran en sintonía. El amor será entonces, para estas personas, algo que no existe completo en ninguno, que sólo existe cuando los dos deseos concurren al mismo fin. Será por tanto algo que resulta de un trueque, de una doble entrega de uno a otro, de tal modo que cuando una de las partes falla todo pierde sentido y valor.

Tal vez el verdadero amor sea algo diferente. No busca satisfacerse, ni persigue cualquier retorno. Es desinteresado, gratuito y se da sin condiciones. Sólo esta pureza es capaz de crear verdadera felicidad a quien lo recibe… y una, tal vez aún más profunda, a quien tiene el coraje de elegir, vivir y dar.

¡Se necesita mucho coraje para amar. Pero, después, el amor vence todos los miedos!

Los egoístas tienen miedo de amar. Creen que se bastan a sí mismos y que los otros son sólo sus instrumentos de placer. Exigen todo de los demás, abren sus puertas sólo para recibir. Pero nunca son felices, porque aunque les entreguen todo, eso será siempre poco… una breve sonrisa de pequeña satisfacción y luego se plantean una exigencia mayor. Pero quien no es capaz de dar, tampoco consigue recibir, desconocen así la felicidad de ser amados. Creen que ser fuerte no es levantar a otro, sino derribarlo… ni sueñan lo que es el amor.

Los egoístas son cobardes. Usan a las personas, huyen de los compromisos. Les asusta el peligro de amar. El ridículo y el fracaso, sospechan de mil maneras, sin que nunca se den cuenta de que alguien así es siempre víctima de sí mismo. Incapaces de comprender que sólo la vida que es vivida por los otros tiene sentido.  Que sólo por el amor se llega a la felicidad profunda y verdadera, aquel que lejos de los placeres del momento, se yergue más alto que el cielo.
El egoísmo es una especie de pasión que se va apoderando de la persona. Se desconfía de todo. Se teme el futuro. Se llora hasta, por la frustración del mundo y de los otros, y no comprenderán la necesidad enorme que se siente de ser levantado hasta la felicidad. Pero el egoísmo no hace nada sino esperar a que alguien generoso lo venga a servir.

Creen que guardando el amor que hay en su corazón para sí mismos, nada sufren y de todo gozan. Cuando, en verdad, así viven el mayor de los sufrimientos: una vida sin amor.

Nada viene por casualidad, nada sucede sin causa. Si existe amor en nosotros, es para que amemos de verdad… para que la felicidad que despertamos en los que amamos, trasborde y que, con ella, consigamos amar aún más.

Claro que nadie está obligado a hacer cosas imposibles. Pero, en verdad, ¿es que hay cosas imposibles? ¡El que ama, cree!

Todo los días morimos, nacemos y debemos amar.

El tiempo de nuestra vida es precioso, porque nada es más veloz que nuestros años. Después de la noche que a todos nos espera, ni las montañas, ni el mar permanecen… sólo el amor de que hubiéramos sido capaces.

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