domingo, 28 de diciembre de 2014

Los bienes que tengo y el bien que yo hago



                                                      Ilustração de Carlos Ribeiro

Existen varias carencias. Unos están privados de bienes esenciales, otros, teniendo mucho necesitan cada vez más, sienten un enorme vacío que les exige más y más lujos, en una insatisfacción profunda y constante. Esta pobreza es malsana, porque destruye a la persona desde dentro.

Vivir sin sentir necesidad es algo mucho más valioso que cualquier otro tesoro material. Es, por tanto, la actitud cara a lo que se tiene, y a lo que no se tiene, lo que determina la verdadera fortuna.

Hay quien se vuelve esclavo de sus riquezas materiales, quien se convierte en un miserable por causa de los muchos bienes que posee, de tan dependiente de ellos, de tan preocupado con la posibilidad de perderlos.

En verdad, el dinero es un medio excelente de revelarse las personas. ¡Para algunos es lo suyo desear tener siempre mucho, al fin de que su miseria sea siempre evidente para todos! La pobreza no quita la dignidad a nadie, en cambio la riqueza puede hacerlo con facilidad.

El mayor peligro que corre alguien que se expone a una vida de lujo es que puede dejar de apreciar las cosas simples de la vida (¡que son las más bellas!). Se vuelve difícil de agradar, pero, en vez de entristecerse por dejar de ser feliz con poco, cree precisamente ser un don, el de no conformarse sino con lo mejor.

El lujo sólo crea apetito de más lujo. Se trata de un deseo que, no siendo natural, es insaciable. Lo mejor es no alimentarlo nunca, pues sólo se hará mayor y más exigente.

Cuanto mayor fuera una casa o una fortuna, más inquietud y cuidado exigen… es raro encontrarse alguien satisfecho con lo que tiene.

Se comienza por preferir cosas innecesarias y en muy poco tiempo los pensamientos se tornan esclavos de una especie de gula emocional, donde el corazón parece correr tras las promesas de paz en una escalada de valores y refinamiento que es, en verdad, una pendiente, una caída… a lo peor de sí. Vamos perdiendo la capacidad de reconocer nuestro valor, aquel que está antes y después de cualquier posesión.

Invertir toda la vida en luchar por tener más de aquello que se necesita es una pérdida de tiempo y de vida, en la medida en que se podría (y debería) utilizar esos recursos al servicio de las cosas simples de la vida, aquellas que hacen la verdadera felicidad.

Debemos concentrarnos en lo que tenemos, agradecer cuando tenemos acceso a lo esencial, y procurar que aquello que excede nuestras necesidades pueda llegar a quien lo necesite.

Un hombre rico no es mejor que un hombre pobre. Ni lo contrario. Porque,  quien tiene más, puede dar más. Siendo que a quien es feliz, le basta lo necesario.

En verdad, la pobreza como la imaginan algunos ricos es mucho peor que la pobreza real, tantos pobres consiguen ser felices… así no les falta lo básico. Algunos incluso con menos de lo mínimo se contentan… O somos señores o esclavos de las cosas…

Es posible vivir en un palacio sin dejarse corromper por eso. Hay quien se sirve de sus bienes para ser una bendición en la vida de los otros, ese es rico, muy rico, en lo que importa. ¡Se es feliz, por haberse hecho pobre para que otros sean ricos… se es rico, por haber sido capaz de darlo todo!

¿Si es tan poco lo que podemos vivir y disfrutar, por qué deseamos siempre tanto?
¡Es casi imposible apreciar el dinero y la vida al mismo tiempo!

Quien sabe vivir bien con poco, sabe vivir bien de cualquier forma. Lo poco nunca es escaso.


La verdadera riqueza no resulta de los bienes que tengo, sino del bien que hago. La libertad más profunda es pasar del apego al desprendimiento.

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