miércoles, 28 de noviembre de 2018

REFLEXIÓN SOBRE LA JORNADA DE PUERTAS ABIERTAS En el centro de día ”Madre Teresa de Calcuta” de LUZ y Sal, en San Fernando


(Programa de Cáritas Diocesana de Cádiz y Ceuta para las personas sin hogar)


Daniel Medina Sierra

Hoy hemos sido invitados a la jornada de puertas abiertas de luz y Sal en San Fernando, una ocasión extraordinaria para compartir experiencias y para que nos explicasen los usuarios de la misma que actividades hacen y a que dedican ese espacio.

Fue, como esperaba, muy interesante y muy grato el recibimiento de todos los componentes de esta asociación.

Sería muy larga la exposición y ya mi compañero en este post supongo que se extenderá con más detalle de los procesos y de las actividades en cuestión, así que me centraré en otras cuestiones también dignas de mención.

Siempre he dicho que yo tengo la “ suerte” de pertenecer a los dos mundos, por un lado llevo una vida digna con techo y comida, luz, agua y todos los recursos que una persona pueda desear, no tengo un céntimo pero no carezco de ropa nueva, móvil, televisión, ducha caliente, internet... y además tengo un padre adoptivo que me quiere como propio, qué más puedo pedir.

Pero también pertenezco al mundo de los pobres ya que todo esto se debe a la caridad de este padre adoptivo, por lo tanto mi autonomía es escasa; si algo le pasase a él o simplemente no quisiera que estuviera en su casa, se acabó.

He tenido que pasar muchas penurias hasta llegar a donde estoy, he vivido como un animal abandonado, sin luz, sin agua ni comida, sin nadie a mi lado... procuro no pensar en ello mucho aunque lo tengo presente todos los días y todos y cada uno de ellos lo vivo como el último día. Sé que esto no va a durar eternamente y que no puedo relajarme ni confiarme porque toda esta experiencia me enseñó que la vida es muy frágil y que lo puedes perder todo en un solo día.

Ahora estoy estudiando y me vuelvo a mezclar con personas que no tienen ese problema y les decía que mantengo esa privacidad solo a los voluntarios o a los usuarios, no por vergüenza ni por el qué dirán, ni siquiera porque piense que me van a excluir, es precaución. Si mi propia familia, mis propios amigos de toda la vida me volvieron la espalda, ¿es conveniente exponer tu situación a compañeros a los que apenas conoces y que compartirán espacio y tiempo durante un curso entero? Mejor no probar suerte.

Un señor me decía que no sabía dónde estaba su dignidad, si alguna vez la tuvo, y por qué la perdió, solo quería trabajar, mezclase con la gente sin agachar la cabeza, recuperar su antiguo estatus de ser humano. Ellos, todos, me confesaban sus preocupaciones, esas que callan por no molestar o no ser pesados con lo mismo, están hartos de esperar una subvención, hartos de aparentar normalidad cuando es un drama interno, un corazón roto esperando otra oportunidad. ¿qué nos hace distinto a los demás, somos solo “ personas sin hogar, excluidos sociales” o somos personas como todos sin excepción? 
Yo estoy viviendo una pequeña fantasía, creo que soy hijo de un profesor, estudio pensando que el mañana será mejor y que pronto volveré a ser el hombre que fui, pero estos golpes de realidad te devuelve al mundo real. Vuelves a recordar que tu vida no te pertenece y que en cualquier momento recaerás. No hay trabajo ni forma digna de ganarte un jornal dignamente, dependes de ayudas puntuales, que tardan siglos en llegar y otros tantos en volver a solicitarlas, y entre tiempo y tiempo nada, no existe programas de formación subvencionados como hace veinte años, aprendías un oficio y cobrabas el 70% del sueldo de un trabajador, cotizabas, te sentías útil. 
Si seguimos con esta política de subvenciones, la cultura de la miseria y la dependencia será una pobreza crónica. Así, con esta situación cada vez más asentada, me es imposible dar ánimos a estos hombres y mujeres con ganas de vivir pero sin posibilidad real de hacerlo. Cómo puedo yo si dudo de mi propia suerte.

1 comentario:

  1. Lo cierto es que nos cuesta mucho reflexionar hoy, y actuar en consecuencia, vivimos sin reflexionar, sin pensar si merece la pena, si es justo, si tiene sentido, cuanto hacemos. Pero tenemos que hacer algo, o debemos, no todos lo encuentran. El concepto de trabajo está muy devaluado, y de sociedad, la solidaridad de la que tanto se habla es más visible en situaciones de emergencia, pero la solidaridad día a día, es algo que no se cuida, y puede producir cansancio, molestia, etc. Centros como este, con todas sus imperfecciones y limitaciones, son un testimonio de la necesidad de ser solidarios con los que necesitan ayuda, al menos hay un sitio en esta sociedad donde los protagonistas son precisamente los que no tienen voz, y se los margina y se les ignora, como si no formaran parte de la sociedad, y se rehúye su contacto, como si se temiera el contagio de la pobreza...

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