lunes, 10 de noviembre de 2014

Corazones al mar




                                                  Ilustração de Carlos Ribeiro

La vida es dura. Las adversidades se suceden y sólo una voluntad persistente consigue tener paciencia para sufrir, y para luchar, sin desistir. Remando, siempre y cada día, contra las decisiones, mareas y suertes que nos apartan de lo que somos.

La experiencia nos construye. Si, por un lado, vamos aprendiendo como vencer los miedos que intentan anularnos, también las heridas de estas guerras van siendo cada vez más profundas y dolorosas.

Debemos perseverar tal como los pescadores que cada noche se lanzan al mar, dejando atrás a comodidad, cambiando la certeza de la derrota por la búsqueda de una vida digna, con rumbo, significado y valor. Para volver a hacer lo mismo a la noche siguiente. Los problemas nunca se vencen todos a la vez. Hay siempre uno… Muchas veces, sin siquiera una bonanza entre tempestades

Esta vida es un teatro donde se cruzan el heroísmo y la cobardía. Casi nunca las cosas son lo que parecen. Hay héroes y hay cobardes. Y, si hay quien, en busca de elogios y loores, exhibe sus hechos a la multitud, también hay muchos que, en la soledad del camino de la esperanza, doblan los cabos de la desesperanza sin que nadie se de cuenta. También es verdad que casi nadie tan siquiera cree que son posibles… males tan grandes… héroes tanto humanos como… divinos.

El tiempo es dolor, mas también lo consume y atenúa. Es preciso tener el coraje de tener paciencia… aprender a sufrir sin perder la esperanza. Nunca cediendo a la voluntad de dejar este mundo e ir más allá… de sí mismo.

El desafío de una vida feliz es el de ser nosotros mismos, a través de una esperanza profunda que se hace fuerza paciente.

Hay quien escoge el peso enorme de un cielo negro sobre sí… y hay quien siempre cree y siente las estrellas, aún cundo sus ojos no las pueden ver, aún cuando todo parece apuntar que han sido engullidas por los agujeros negros de nuestra angustia.

Debemos estar abiertos y atentos a lo mucho que nos sobrepasa. Respetando, siempre, aunque no lo comprendamos. Buscar la interioridad con la misma determinación de los que viven en los mares. Son duros. Resisten. Humildes, reconocen que grandes serán sólo los mares, los dolores y el amor.

Lo posible se retrasa. Hay fuerzas que surgen sólo cuando se agotan todas las otras. Cada hombre, en su vida concreta, tiene problemas serios que intentan destruirlo de forma personal e íntima. Es ahí, lejos del mundo exterior, lejos de cualquier posibilidad de mentira, cuando se debe creer y luchar. Cuando debemos ser más fuertes que el miedo. Es ahí, en ese mar que nos embiste y sacude, que nos susurra y grita, donde debemos luchar por el cielo. Porque, al final, la mayor tragedia es desistir… es desistir de querer.

El dolor tal vez sea una especie de examen previo a la sinceridad del corazón de cada hombre. No hay vidas banales, aunque haya vidas cenicientas, vacías de esperanza, vacías de color. Es soñando como soporto las desgracias, como supero la realidad y persisto en ser feliz aún cuando todo parece desilusión. Luchado soy fuerte… y amando llevo la luz a quien vive sin color.

La alegría más profunda es la de quien, a pesar de los sufrimientos, de las apariencias y de las impaciencias, ama. En los mares de lágrimas y por entre mil tormentas. ¡Demostrando que no hay imposibles ni absurdos!


Los pescadores no se hacen al mar para sí mismos. Van por quien aman. Por aquellos a quienes quieren todo el bien. En verdad, saben que sólo es nuestro aquello que damos. Aquello que fuéramos capaces de entregar, sin esperar nada a cambio. ¡Eso sí, es nuestro. Es lo que somos!

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