domingo, 15 de febrero de 2015

La culpa de la soledad


José Luís Nunes Martins
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14 de fevereiro de 2015
                                                  Ilustração de Carlos Ribeiro

¿D quién es la culpa cuando se está solo? ¿De quien está sin nadie o de los que no se aproximan a él? Será fácil decir que son todos y, más fácil aún, que es sólo de quien se aísla y cierra la puerta. Difícil es así mismo asumir esa culpa.

Hoy el respeto por el espacio del otro sirve de disculpa a la falta de buena voluntad. Es necesario invertir mucho tiempo y cuidado, ya que estas puertas no se pueden echar abajo. Es preciso sensibilidad e inteligencia para saber el momento cierto de abatir la puerta… y, después, esperar. Sin prisas. A veces, mucho tiempo…

La soldad forzada es la tierra de los miedos, que crecen fuertes y de manera desordenada, destruyendo las esperanzas. Hay incluso quien, de este modo, se cree despedido de su propio futuro. En este silencio frío, una palabra, una sonrisa, un simple gesto de simpatía pueden significar un alivio de la carga y hasta invertir la espiral de violencia contra sí mismo. En las soledades perdidas, la fragilidad humana y la dependencia de afectos son mucho mayores.

Para quien está solo y mira al mundo desde las lágrimas, los días son noches sin fin. Las puertas se cierran, muchas veces, sólo para que no entre más mal. Para alejar a los que creen que con un toque de magia todo se convierte en un paraíso. Son los peores. No quieren siquiera percibir… que la paciencia envuelve la resistencia en un sufrimiento constante, que tener esperanza en la angustia es casi imposible… que oír a alguien decir siempre que la culpa de la oscuridad es sólo nuestra duele mucho… demasiado… Flagelo sobre flagelo, porque, en verdad, no sólo es nuestra, es reducir todo a una sola causa y no tener el respeto y la humildad de querer saber lo que doy a quien está solo. Si la solución fuese simple y dependiese sólo de nosotros ya no estaríamos sufriendo.

No estamos solos. Podemos estar solos, pero nuestra esencia necesita del otro. De alguien. Necesitamos compartir lo que somos y lo que son otros. Quien se cierra en sí mismo por creerse en un plano diferente de aquel donde están los otros, se condena a una pobreza de espíritu. Quien abandona a los otros por miedo a sus dolores, se aparta de la felicidad.

Es precio derribar los muros entre el otro y yo. Todos. Llamar a las puertas de los que  están encerrados, escondiendo y conteniendo mil sufrimientos. Con paz, paciencia y atención, pedir ayuda cuando no somos capaces. Procurando mirar, las manos y los hombros de quien nos puede ayudar a cargar nuestra cruz…


¡Que nadie condene a nadie a la soledad! Nunca como hoy hubo anta gente aislada. Triste y agraviada por un mundo que se cree a sí mismo confortable y en buen camino… llevar calor a quien se siente infeliz es tan difícil como importante. Para el otro y para mí mismo. Ser quien soy pasa por ir al encuentro del otro. Al fortalecer su corazón vacío, estoy creando un mundo mejor para él y para mí. Si alguien puede hacer todo solo, la verdad es que si cada uno hiciera lo que le es posible… todo puede ser hecho!


Es esencial que yo sea capaz de salir de mí mismo, poniéndome detrás, con humildad, reconocer que el otro puede tener problemas más serios que los míos, e ir allá, donde él está, donde él tiene los dolores, respetándolo, garantizándole que no está solo… mostrándole que sus sufrimientos pueden ser indiferentes para el mundo, peo no para mí.

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