viernes, 28 de agosto de 2015

testimonio

              Esto va a ser complicado.
             Hace algún tiempo empecé a escribir pequeños textos a cerca de la exclusión social y de como
Daniel Medina Sierra
se vivía en este mundo, desde luego con la visión mía, no generalizada o influenciada por otras fuentes ajenas; pero hay algo que no he conseguido hasta ahora y es expresar con palabras el sentimiento vital. Creo que con tanta información tengo poco que hacer.
            Hace unos días mi amigo O. y yo estábamos viendo las noticias, y después de media hora viendo y escuchando tanta desgracia mundial, nos fuimos a cenar con un sentimiento de rabia, y con temor por lo que queda por venir, pero sobre todo, vimos la pasividad, la naturalidad con la que cuentan las cosas, la poca, o mejor dicho ninguna compasión por las víctimas de toda clase.


         Quieren que creamos que somos números, estadísticas; nos quieren convertir en carne al peso. Sí, con un precio, somos productos. En fin... que no sé, después de ver eso, que os puedo decir que llegue a vuestras almas, sinceramente, no lo sé, aunque me gustaría que los que leéis entendáis con el alma y no sólo con la mente. Pero lo que más me preocupa es que no me llegue tampoco a mí. Supongo que lo he hecho mal y os escribí con la mente y no con el alma. Aunque no tengo nada, conservo cierta discreción a la hora de hablar de mí...


            Hoy he visto una película, “ Conversaciones con Dios”,( se puede ver en youtube), los actores no son muy buenos, pasan por alto muchas cosas que pienso, siento y he vivido; pero claro, es una película, una historia real o ficticia resumida en dos horas. Me sentí bastante identificado con el actor principal y lo cierto es que consiguió  emocionarme. He pasado por distintos estados mientras mi declive iba avanzando, hay cosas, muchas cosas que  pueden resultar difíciles de entender por alguien que no haya pasado por este trance. Quiero dejar claro que no pertenezco a ninguna religión ni tengo creencias inamovibles, todos nos podemos equivocar, por muy convencidos que estemos de nuestras creencias; por eso, mi testimonio creo que es más... objetivo.


           ¡Quién me iba a decir a mí que acabaría prácticamente en una cueva, solo, sin luz ni agua, sin comida, sin amigos, sin vecinos, sin sociedad! Acabé por deformarme por completo, ya no era el mismo y siempre hacia las mismas preguntas al aire. ‘¿Cuánto tengo que sufrir para que me dejen de castigar, por qué yo, por que a mí, tan mala persona he sido? Y maldecía a todo ser viviente por permitir que viviera como una rata, rebuscando entre las basuras, de madrugada, para echarme algo a la boca, ir al baño una vez cada... trece o quince días, vivir sin lavarme durante años, sintiendo asco por mi; sobre todo asco, lo mismo que veían que sentían por mí.


          ¿Como resumo tanto dolor amigo X? ¿Cómo explico mi transformación en otra persona? ¿Cómo se lo dices a una sociedad que te culpa, o a lo sumo práctica una benevolencia más acorde con la prepotencia que con la capacidad de conmoverse? Me es imposible. Pero si callo, si no lo explico, no habrán servido de mucho tantas cosas que aprendí, buenas, útiles para quien quiera o las necesite. No es que yo tenga el don de la verdad, tampoco soy ningún iluminado, o estoy tocado por los dioses, o un angelito adorable me susurran al oído; no, es otra cosa.


           Me pasaron tantas cosas extrañas, tantas situaciones ilógicas y sin nexo aparente entre ellas, como un acertijo que aún no acabó de entender. Me di cuenta que era imposible tanta casualidad, las piezas empezaban a encajar, y no es que tengas certezas ni respuestas a cada pregunta; no, sólo tengo una certeza, sea lo que sea, me estuvo preparando para algo. Ni grande ni pequeño, pero para o por algo, de eso estoy seguro. Todavía hay gente que cuenta sus penas como si fuese algo para presumir de experiencia: ‘a más sufrimiento más rango tendrás’; algo así como el currículum del pobre.

          Os vuelvo a recomendar la película puesto que tiene mucho de verdad, según mi punto de vista. Yo busco como todos ser feliz, VIVIR, no sobrevivir, vivir con dignidad tal y como yo lo entiendo. Me parece ya muy largo mi comentario así que corto aquí y dejó que penséis, sintáis o paséis olímpicamente de todo lo que he escrito hasta el momento.

        


jueves, 27 de agosto de 2015

Job

Hoy me ha llegado por el facebook este artículo, extraordinario, sobre el sufrimiento. Y como, generlmente, por nuestro voluntariado, o profesión de trabajador social,  estamos cada día expuestos a 'compartir' todo tipo de sufrimiento, me ha parecido una reflexión muy oportuna y, seguramente, una gran lección... 


http://observador.pt/opiniao/job/
27/8/2015, 7:31

Lo que el Libro de Job dice va muy lejos en lo que respecta al sufrimiento. Y a la estupidez. El Libro de Job es también un gran escrito sobre la estupidez humana.

Hay escritos que parecen contener todo lo que puede decir de esencial sobre una determinada materia. Tómese, por ejemplo, el sufrimiento. Conocemos directamente el sufrimiento a lo largo de nuestras vidas, y desde el principio, de múltiples maneras. Y lo conocemos indirectamente a través de los otros. Las dos formas de conocimiento se encuentran, ciertamente, tan ligadas en tantos casos, cuando el sufrimiento de los otros viene de nosotros, y el nuestro de los otros, que es difícil separarlos absolutamente. Más allá de eso, el arte –la poesía, la música, las canciones, la pintura, las películas, todo- nos habla del sufrimiento. Y la televisión lo expone, debida o indebidamente, más indebida que debidamente, varias veces al día. Estamos, literalmente, rodeados de sufrimiento. Pero, en la medida en que hay algo esencial que se deja extraer en el capítulo en forma de palabras, no conozco escrito que mejor lo haga, de un modo indisimuladamente humano, que el libro de Job.

La historia comienza, como se sabe, con un desafío de Satanás a Dios. Job es un hombre de rectitud intachable y temeroso de Dios. Pero, dice Satanás, si Dios le toca en sus bienes, rectitud y temor desaparecerán en un instante. Ahora, Dios lo toca efectivamente en sus bienes. Todas sus propiedades son robadas y destruidas –y todos los hijos muertos. Sucede que Job reacciona a la catástrofe bendiciendo a Dios y sin proferir blasfemia alguna, aceptándolo todo. Viendo esto, Satanás, -con alguna razón, dígase de pasada-  no se desanima, y aconseja a Dios, le permita  una prueba conclusiva, tocar a Job directamente en el cuerpo, en los huesos y en la carne. Y Dios envía a Job una lepra maligna que le llena el cuerpo de pus. Y ahí el caso, en ciertos aspectos, cambia sensiblemente de aspecto.

Y cambia sobre todo de forma por la visita de tres amigos –Elifaz, Baldad y Sofar- que, al principio, ni siquiera lo reconocen, tal es la desfiguración provocada por la lepra. Se siguen siete noches y siete días de silencio, hasta que Job, en presencia de los amigos, maldijo el día de su nacimiento. Y los amigos y Job comienzan a alternar discursos, a partir de un patrón que se repite: mientras Job insiste en
que su sufrimiento no tiene sentido (habiendo sido él siempre un hombre recto y piadoso), los amigos, que se conceden un saber mayor que el de Job, procuran mostrarle que su sufrimiento tiene sentido, esto es, que sus causas son inteligibles y comprensibles. El sufrimiento físico y moral externo de Job es, por así decir, aumentado por esa afirmación del sentido de su sufrimiento que le viene de la boca de sus amigos.

El sufrimiento de Job no se podía expresar de forma más vehemente. Las flechas de Dios están clavadas en él y en la carne, cubierta de podredumbre e inmundicia, siente el veneno. Sus enemigos lo miran con ojos terribles, abren la boca para devorar y le golpean el rostro para ultrajarlo. Dios l despedaza el cuerpo herida sobre herida y dispara a él, objeto de escarnio, como un guerrero.

Los hombres le escupen el rostro y Job se siente hijo de la podredumbre y de los gusanos. Hermanos y amigos se apartan. Los criados lo miran con aire extraño, y tiene que suplicar que lo sirvan. La mujer siente repugnancia de su aliento. La piel se pega a los huesos descarnados. Perseguido por Dios e invadido de terror, su alma se disuelve. Es necesario precisamente leer el texto para darnos cuenta tanto de la extrema soledad en que Job se encuentra como de la terrible falta de diferencia entre el enorme dolor físico y el mal moral que le hace disolver el alma. Las imágenes de que Jo se sirve (me limito a algunos ejemplos) lo muestran de la forma más absoluta.

¿Y qué le dicen los amigos? Que nada sucede en el mundo sin motivo. Que lo quieren instruir. Que los lamentos de Job sólo revelan ignorancia, una ignorancia que merece reprensión. Que Job no conoce los secretos de la sabiduría de Dios, que no comprende sus caminos o su omnipotencia. Que lo que Job dice sólo muestra su iniquidad y su cólera contra Dios. Que sus discursos interminables son el resultado de la falta de reflexión. ¿Cuál es el fondo de lo que dicen sus amigos? La estupidez, la desnuda y cruda estupidez humana. Aquí especialmente representada por la incapacidad radical de imaginar la soledad ajena de una u otra forma que no sea la altiva y diabólica voluntad de no comunicar, la del orgullo del miserable.

Job, naturalmente, no agradece tanta sabiduría venida en su auxilio. “En verdad vosotros sois hombres tenéis y con vosotros morirá la sabiduría”, apunta irónicamente. Para él, es escarnio invocar a Dios en busca de respuesta. Es con Dios, y no con gente que no sabe más que él y que pretende patrocinar  la causa divina, con quien le gustaría hablar. Job también se irrita con los largos discursos de los amigos, “consoladores inoportunos”: “¿Cuándo tendrán fin esas palabras que son viento?” Ellas sólo pueden venir, punto importante, de alguien que no se encuentra en su lugar: “Yo también podría hablar como vosotros, si estuvieseis en mi lugar” Tan vana consolación no es más que perfidia.

Después del discurso de un quinto personaje, Eliú, es el mismo Dios quien interviene en la querella. Ciertamente que para recordar a Job la ignorancia en que este se encuentra de su sabiduría, pero igualmente para censurar  a los amigos de Job la soberbia de pretender  conocer los designios divinos. De hecho, la censura a Job es mucho menos radical que aquella que va dirigida a sus amigos. En su  abandono, en su desamparo radical, Job había sido más recto para con Dios que sus amigos. Y Dios le restituyó con creces todo lo que había perdido.

No tengo, es claro, ninguna competencia en materia de teología bíblica, a pesar de haber procurado aplicadamente aprender una cosa u otra desde que (muy tarde, a los veinticinco años) comencé a leer la Biblia. Pero el libro de Job (toda la Biblia, el resto) habla por sí. Y no hice caso de los varios estratos de composición  del texto, que obviamente determinan el sentido de la lectura. Pero estas deficiencias, que ya no estoy a tiempo de enmendar, no me impiden ver en el Libro de Job el gran libro sobre el sufrimiento humano. No que el sufrimiento, o el mal, sean el más deseable objeto de pensamiento: el placer, el bien, son los preferidos – y de lejos. Pero el sufrimiento nos acompaña a lo largo de la vida entera y el Libro de Job nos dice, de hecho, algo esencial sobre él.

Nos dice, por ejemplo, que hay un valor del silencio frente al sufrimiento. Si los amigos de Job hubiesen mantenido su silencio de los primeros siete días y de las primeras siete noches, y no hubiesen pretendido instruir a Job, el sufrimiento de este, por mayor que fuera su estado de abandono, sería menor que aquel en que cayó. Los amigos, por descontado, eran probablemente bien intencionados, pero sufrían de aquella especie de estupidez ontológica que se nos atraviesa ante las grandes dolores ajenos, físicos o morales (llamémosles así). El sufrimiento, en su
dimensión más profunda, es incomunicable, viene de un lugar donde no estamos – o aún no hemos estado-, y, por eso, no susceptible de discusión. En esa medida, que es la gran medida, es Job quien tiene razón: no tiene, literalmente, sentido. Los amigos quieren que tenga sentido y caen infaliblemente en el parloteo, más o menos pedante y ciertamente obsceno. Es una tentación natural, sin duda. Queremos hablar, y, hablando, buscar sentido. Pero, pura y simplemente, en ciertas situaciones es una tentación que debemos evitar. Hay pretensiones de comunidad que son abusivas.


La irritación de Job es legítima contra la estupidez de los amigos. Esto tengo claro. En cuanto a Dios, no sé nada, nada más algo de lo que sobre Dios fue pensado, y por eso soy, prudentemente y sin heroísmo, antes al contrario, ateo. Pero lo que el Libro de Job dice va muy lejos en lo que respecta al sufrimiento. Y a la estupidez. El Libro de Job es también un gran escrito sobre la estupidez humana.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El silencio de las grandes obras


José Luís Nunes Martins
22 de agosto de 2015 


                                                       Ilustração de Carlos Ribeiro

Querida amiga,

Cualquiera puede destruir una obra de arte, pero sólo un maestro es capaz de crear y erigir… a pesar de todas las adversidades y maledicencias. Después, repetir y hacer otra… y otra… sí, que la genialidad no es ser autor de una obra primera, sino ser capaz de arrancar un proceso de creación y perfeccionamiento permanentes, mientras los otros critican sin cesar.

Es fácil decir que una cosa no está bien y sacarle muchos defectos. Pero esta gente no tiene idea de lo que es estar delante del vacío de una hoja o de una tela en blanco, del silencio de una pauta o de un bloque de mármol en bruto…

Si al menos esos críticos, por una vez, experimentasen hacer aquello que acusan a los otros de hacer mal…

Acumulan tensión como muelles comprimidos, y, en el instante fatal, disparan todo de una sola vez.

Lo mejor que se puede hacer ante una catarata de injurias, insultos y ofensas, por más repintadas y bien vestidas que lleguen, es encogerse de hombros y seguir adelante. Sí, es duro. Durísimo. Pero de nada nos vale otra cosa. Es una pérdida de tiempo, y de fuerza, intentar apedrear a los canes que ladran mientras pasa nuestra caravana. La realidad es así: unos quedan ahí, otros no.

Somos todos miserables. Todos. Algunos tienen conciencia de eso, otros prefieren el juego  infantil de ir apuntando miserias que creen que son sólo del otro. Se creen reyes de un mundo en el que ellos están en la cima y donde todo gira a su alrededor.

Conoce por cierto aquellos malos pintores que trazan líneas sin gran sentido y después intentan convencer a los otros de que la realidad es así, una imagen perfecta de lo que intentaron retratar. Claro, se embarullan en argumentos tan malos que a veces cuesta creer que salgan de la cabeza de alguien inteligente.

Permítame algunos consejos que me repito a mí mismo:

Nunca se crea más que otros. Sólo si se reconoce igual a ellos podrá ser diferente, por las obras que ellos sólo critican.

Hay quien sólo existe a partir de las obras que otro crean por sí mismos.

Aún cuando tenemos razón nos falta acertar en dos cosas: el tiempo y el tono.  A veces, la frase acertada fuera del tiempo o del tono, corre el riesgo de ser mal entendida así como no ser oída.

No piense mal de nadie, por respeto a sí. Esfuércese por comprender al otro, imagine qué razones pueden existir que justifiquen lo que aparenta no tener sentido alguno.

No invente disculpas para sí misma. Perfecciónese. Siempre. Da trabajo. Mucho. Pero usted lo merece. Perfeccione su silencio. Cuanto más limpio estuviere el inicio más bella podrá serla obra que de allí nace.

La verdad es que buena parte de nuestras propias desgracias se deben al hecho de que todos acabamos, casi siempre, por decir más de lo que queríamos decir…

Las grandes obras se hacen con amor, verdad y trabajo, no con palabras o meras intenciones.

No es el peso de la cruz lo que importa, sino la fuerza de los hombros que la cargan.

Las grandes obras se pierden en el silencio que as envuelve.

… en la certeza de que pido también por usted en los silencios de los que soy capaz, le pido que se acuerde de mí en los suyos.