viernes, 31 de julio de 2015

El valor del arrepentimiento

         El arrepentimiento supone tener el valor necesario para afrontar la nueva situación. Sí, valor,
Daniel Medina Sierra
pues es necesario verte cara a cara con tus propios fallos, con tus fantasmas.
        Es imprescindible sanar las heridas sufridas bajo esta mente imperfecta que comete errores y debe, por narices, seguir su desarrollo con la consciencia relativamente tranquila. Yo he cometido muchos errores en mi vida, muchos;  queriendo y sin quererlo, también he hecho daño a las personas que me querían.


         No se trata de perdonar o que te perdonen, se trata de perdonarte a tí mismo, un ejercicio de autoanálisis muy duro si lo haces sin censuras, sin mentirte, sin engañarte y con el difícil fin de librarte de algunas cadenas que te estén atormentando.
         No somos santos y tampoco inocentes, somos víctimas, pero también verdugos; no es tu verdad, ni su verdad, ya que cada uno tiene una versión de lo sucedido a favor de quien la cuente.


       Es más complicado que eso, mucho más, debes intentar ponerte en el lugar del otro aunque te cueste, considerar al otro como a ti mismo y entender sus motivos. Puede que no sea así, que en esa ocasión no hubo otra opción, no se... Pero absolutamente todos tenemos o tuvimos nuestro margen de actuación para afrontarlo de otra forma, aunque en su día no lo viéramos. Yo tengo mucho de que arrepentirme y no tengo miedo a pagar el precio de mirarme al espejo y ser consciente de que soy un ser con tantos defectos como virtudes. Espero ser mejor persona, eso es lo que me mueve a mirar tanto mi interior.

jueves, 30 de julio de 2015

Exclusión y Desarraigo


A mí no me bautizaron, y no me dejan pertenecer a la Iglesia. Estas fueron las primeras palabras, que nos dirigió con total naturalidad, nada más entrar en la oficina, y sentarse en la silla al lado del despacho del trabajador, al hilo de nuestra conversación.

Habíamos comenzado esta conversación porque mi amigo quiso que yo leyera la noticia del día en el Diario de Cádiz, que venía a decir que el obispado le negaba a un transexual la posibilidad de ser padrino de una criatura. Ni qué decir que todas las críticas iban dirigidas al Señor Obispo, y  por extensión, a la Iglesia, por su incomprensión a lo largo de su existencia con algunos seres humanos que por algún motivo sufren alguna ‘anomalía’, algo que se pueda considerar, sin esfuerzo y sin recurrir a eufemismos, natural.

Yo me negué a leer la noticia, no me apetece dar tanto protagonismo a quien de manera interesada fuerza una noticia de escándalo, o se presta a que otros lo utilicen para tacar a la Iglesia, a la que quieren obligar a aceptar cambios trascendentales en su ser  y en su estructura, en nombre de la modernidad o de una falsa tolerancia. Ya en casa, leí en otras fuentes la noticia, donde se explicaba cómo había habido un acuerdo entre el párroco y el susodicho padrino, a quien le había convencido de que siempre podría ejercer un padrinazgo espiritual o algo así…

Pero bueno, nosotros seguimos más interesados en lo que el hombre que acababa de llegar quería decirnos, sin duda alguna. Es un hombre de  buena presencia, nadie diría que lleva viviendo en la calle cincuenta años, desde que adquirió la mayoría de edad, y el uso de la razón le llevó a tomar esa decisión, hasta hoy, que alcanza la jubilación, y tiene alguna duda si debe asentarse de una vez.

Su queja, que expresa más con cierta pena  que con ira o rencor, le brota como expresión de un deseo incumplido, o de una decisión postergada… ¿por miedo al rechazo, a no ser admitido de nuevo, a pesar de los cambios que se han producido en la sociedad? ¿porque no ha podido superar el desarraigo que le fue impuesto desde el momento de nacer?

Nació en los cincuenta, de madre soltera. Por eso no fue bautizado. Su madre fue expulsada de la familia, y él fue ‘recogido’ por los abuelos, hasta que mueren, cuando él era un niño todavía. Comienza así a vivir a temporadas  en casa de los tíos, hasta que adquiere la mayoría de edad, y  el sentido común, que  tiene desarrollado desde muy temprana edad, le aconseja dejar de ser una carga para los familiares e irse al mundo por su cuenta.


Pero él es una persona a la que la calle no le ha robado la dignidad. Sigue empeñado en la búsqueda de algo, sigue esperando ser ‘bautizado’ para pertenecer a la sociedad, con todo el derecho, sigue buscando de alguna manera a su madre, que le fue arrebatada por una actitud inmisericorde, errónea y totalmente injusta, y la sigue buscando con su actitud esforzada y generosa ante la vida. 

miércoles, 29 de julio de 2015

La gran estafa

Al nacer eres libre, crees que todo es posible, sueñas con ser mayor como los adultos. Luego creces y
Daniel Medina Sierra
los adultos te explican que tienes que estudiar para ser un hombre de provecho, debes aprender y obedecer ciertas leyes morales, conductas y modales y vas alimentándote a base de fallos y ensayos a través del mundo adulto, con la finalidad de integrarte y pertenecer a la sociedad.
             
Ya en el mundo adulto te empiezas a dar cuenta de la gran estafa. Has cumplido todas las directrices que desde la más tierna infancia te iban marcando. Esos mismos maestros que te enseñaban ignoraban todo concepto de moralidad, respeto o educación. Por si eso fuera poco descubres que las leyes son distintas para personas adineradas y con recursos y poder, que para un ciudadano de a pie.

La sociedad de la que estabas tan orgulloso de pertenecer tampoco corresponde con lo que debería ser, egoísmo, envidia, indiferencia y una inmensa ignorancia de si mismos y de los demás. 
Este descubrimiento lo conseguí siendo excluido social, hasta entonces creía que lo sabía, pero fue cuando perdí mi trabajo, cuando lo vi con meridiana claridad.

Se acabó el amor, la familia, amigos, conocidos y saludados; todo. Pasé de ser un ciudadano más de la cadena de borreguitos domesticados a excluido social en un abrir y cerrar de ojos. La gente cree que estamos en esta situación por que nos lo merecemos, por que algo malo hemos echo, por drogas, alcohol o simple vagancia y no puedes defenderte por que eres menos que un animal doméstico. Ves el asco que sienten cuando te miran, no te hablan, se apartan de tu lado como si tuvieras la peste; esa es la sociedad en la que vivimos.

Como el gobierno, los bancos y las grandes multinacionales se componen de personas, albergan las mismas miserias de aquellos que tanto los critican pero que actúan exactamente como animales carroñeros.
Y siguiendo el juego de las apariencias, de los valores a razón de talón bancario, de moral más que dudosa, de complejos, miedos revestidos de violencia, vamos transitando por la vida con la esperanza de que no nos toque vivirlo a nosotros.


Desde luego si lo vierais tan claro como yo... Para saber lo que ocurre a vuestro alrededor debemos bajar al infierno, y el infierno no es más que la concentración de todas los pensamientos buenos y malos que guardamos en la recámara, donde dormían apacibles hasta encontrar otro sujeto a quien destruir o socorrer.  Así somos y cuando somos conscientes de ello es cuando verdaderamente puedes cambiar el rumbo de tu vida.