jueves, 31 de diciembre de 2015

“Los hombres, culpables, pues son peores que las mujeres”



Esta mañana se produjo un acontecimiento en la oficina, digno de mención. Por eso voy a intentar plasmarlo lo más fielmente posible.

Como es evidente, estamos en el último día del año, y este suceso parece que quiere venir a decirnos que ‘lo de feliz año nuevo’ es un mero convencionalismo, que a todos nos interesa, bien para celebrar algo, bien para darnos la impresión de que avanzamos siempre a mejor.

Todo el mundo sabe, por otro lado, y más entre las personas que sufren la exclusión social, que estas fiestas en las que abunda tanta ‘supuesta felicidad’, a veces causan mayor desánimo, incluso pueden llevar a recordar o padecer un estado depresivo, si no hubiera cauce para desahogar los buenos y dulces 'sentimientos navideños'.

Bien. Hoy nada más abrimos la pequeña oficina los voluntarios, para que las personas sin hogar que quisieran se acercaran a tomar un café y un polvorón. ¡Qué menos podíamos ofrecer, el último día del año!

Estábamos en un ambiente ‘masculino’, tranquilo; bueno, también había algún dolor o temor contenido, transmitido solo en voz baja y buscando desahogo al margen de las diversas tertulias que se habían formado, dos a dos, y de la atención que debía prestar al servicio de los cafés o los colacaos; ahora tenemos ‘los niños del colacao’…

De pronto aparece en la oficina una mujer joven, que viene un tanto nerviosa y no para de hablar. Sin apenas saludar dice que viene a tomar un café a cáritas y unas galletas, pues no ha podido desayunar a esas horas, más de las diez de la mañana. Quiere incluso servírselo ella, ya que lo puede hacer, pero la convenzo fácilmente de que mejor se lo sirvo yo, para que se siente y se calme.

Lo que más me impresionó fue la reacción de todos los que estábamos allí, hombres todos, claro está, y unos caballeros, pues todos se callaron, le dejaron enseguida paso, y seguían escuchándola en silencio, entre asombrados y respetuosos. Una reacción propia de gente muy educada y considerada.

La mujer no paraba de hablar, en pocos minutos nos había contado una panorámica, casi completa, de su trágica situación:  orden de alejamiento de su casa; su pareja murió hace poco; su hijo vive estupendamente con una prima; y ahora, que ha vuelto vive en casa de un hermano, pero no tiene para ofrecerle un desayuno. Todo es consecuencia de la droga. Con todo este relato, sin solución de continuidad, no ha podido ni tomarse el café. Tuve que advertirle que parara un poco para tomar el café, que se le iba a enfriar.

Pues ni siquiera fue capaz de terminar una galleta. Pero nos dejó una historia inquietante, dejándonos una sensación de que la vida sigue, pero sigue igual, poco importa si es el último día del año.

Aunque, lo que a mi entender, mejor refleja la confusión en que vive esta mujer, y otras muchas, es lo siguiente. En medio de su desahogo dice tan tranquila, rodeada de hombres,  muchos de los cuales sufren exclusión social  por causa de una separación matrimonial mal llevada, dice con todo aplomo: “todos los hombres son malos. Los hombres sois peores que las mujeres”, y además esbozando una sonrisilla buscando la complicidad.

Nadie le contradijo. Como he dicho, me impresionó la ‘caballerosidad’ de los presentes, la paciencia para escuchar a quien sufre, que suelen tener los excluidos sociales. Será porque ellos ya no tienen mucho que perder y sólo viven para agradecer, para seguir buscando un modo digno de vivir, aunque sea al margen,  el tiempo que les quede, siempre en la incertidumbre, vigilantes ante la posible recaída.


domingo, 27 de diciembre de 2015

Por favor, escúchame



Hoy me ha llegado esta interesante carta al correo a través de un amigo, me parece muy oportuna, necesaria e instructiva, por eso la reproduzco aquí, en este humilde altavoz. Todavía hay muchos hoy, incluso entre los voluntarios, sean de cáritas o de otras organizaciones, que no creen que deban tener que aprender a escuchar a las personas que acuden pidiéndoles ayuda, aunque sólo sea material, probablemente detrás de esa necesidad haya otra u otras más sencillas, que no siempre estamos preparados para darles la debida satisfacción. Dada la categoría del autor, espero que merezca la consideración de muchos...

Pedro Miguel Lamet

Por favor, escúchame

El ciudadano de la calle cada día tiene mayor conciencia de su desconexión con los poderes que los representan. La clase política se ha ido convirtiendo en los últimos años en un gueto cerrado y autosuficiente que da la impresión de trabajar para sí misma o para potenciar sus propios partidos y sacar provecho económico de sus puestos. La gran pregunta es si la democracia como sistema ha caído en una involución o está escuchando realmente las inquietudes de la gente.

Ante la urgencia del abandono del pueblo que en general se siente víctima tanto de los gobiernos como de otras instituciones, La gente, la de la calle, la de los pueblos y ciudades que se ven sin un interlocutor válido que atienda a sus necesidades. Estas no solo son las obvias que aparecen en las encuestas, como pueden ser el desempleo, los recortes o la urgencia de llegar a fin de mes. También albergan otros deseos, sueños, angustias y frustraciones.

El Estado debe proveer a los derechos del ciudadano, entre los que están el de la salud física y mental en toda su extensión. Pero no puede acudir de modo exhaustivo a la atención personalizada. Vivimos un mundo de individuos en apariencia hipercomunicados por internet, teléfonos móviles y mil nuevas tecnologías, pero paradójicamente solitarios, que experimentan una vaga sensación de abandono y desarraigo. Se puede decir que asistimos a un nuevo fenómeno de difusa depresión colectiva, alimentada por los medios de comunicación.

La única vacuna para esta creciente enfermedad pasa por sembrar un pensamiento positivo, reforzar la información solidaria y alentadora, potenciar  la vuelta a la naturaleza y los valores primigenios de la vida. Pero esa es una tarea que puede superarnos como individuos. Lo que podemos comenzar ya es a curarnos unos a otros mediante la escucha del que tenemos a nuestro lado. La tentación de querer convertir a los otros en oyentes de nuestras propia batallitas es demasiado frecuente. “¿Y a mí, quién me escucha?” es la pregunta obvia ante tanto robot parlante y apresurado de nuestro vertiginoso mundo.

Hemos de fomentar no sólo la escucha de la gente sino respondiendo a la pregunta de “cómo” escucharla. Porque estamos tan acostumbrados/as a parlotear en medio de este bosque ensordecedor de ruidos y palabras que tenemos que empezar de cero y volver a aprender a escuchar, evitando la tentación de proyectar en todo mi “ego” con soluciones prefabricadas. Pues no hay mejor terapia que, simplemente, escuchar. Creo que fue Amado Nervo el que dijo: “Oír con paciencia es a veces mayor caridad que dar. Muchos infelices se van más encantados de la atención con que escuchamos el relato de sus penas, que de nuestro óbolo”. Lancemos el salvavidas que la gente demanda, nuestro tiempo dedicado en cuerpo y alma a la escucha.

(Extractomio) Carta al director

viernes, 25 de diciembre de 2015

La leyenda de la Nueva Sociedad


Daniel Medina Sierra



En un lugar muy cercano, muy cercano, ocurrió una historia que traspasó las fronteras de su país. Fue en San Fernando...pero no adelantemos los acontecimientos.

Era del individualismo y la competitividad. En ese pequeño pueblo tan sólo vivían bien unos pocos habitantes, los más usureros, los más mentirosos, los más corruptos. La mayor parte de las personas apenas llegaban a final de mes, las calles estaban llenas de mendigos, los albergues estaban repletos, la sanidad peligraba, la educación cada vez era más básica.


Mientras tanto los bancos seguían absorbiendo cada resquicio de valor que hubiera, los políticos pasaron a ser meros explotadores de masa humana, los bienes pasaron a manos de los más poderosos; todo parecía perdido.
Un buen día, sin saber bien por qué,  una noticia  les cambio la vida: ‘un señor, un vecino del pueblo, estaba desesperado; como no podía más, murió.



No fue una noticia extraordinaria, todos los días leían noticias peores; pero algo pasó. Esa muerte llegó al corazón de la gente, fue como una explosión de rabia, de dolor, pura  empatía. La gente empezó a salir a la calle a protestar, los habitantes comenzaron a reunirse haciendo de ésta  un solo grupo. Se llamaron Nueva Sociedad y en ella se firmaron las primeras leyes justas.
- Nadie sin hogar, nadie sin trabajo, nadie sin derechos, nadie sin deberes, nadie sin asistencia, nadie sin educación.


Hubo muchas más y empezaron a trabajar. Un banco expropiaba, todos se presentaban en el banco y permanecían allí día y noche, apoyando al expropiado. Un político quería hacer alguna reforma o ley, todos se manifestaban pacíficamente hasta hacerle rectificar, las denuncias sociales fueron aumentando. Estas acciones fueron creciendo cada vez más como un virus mortal e incurable que iba directo al corazón del sistema, el sistema egoísta. Ése que poco a poco asimilaron y , por qué no decirlo, al cual contribuyeron. La era de los corruptos se desplomaba, la era del individualismo egoísta llegaba a su fin.

  

Las demás localidades también pasaron a la acción, las provincias, los países. No lo podían creer, el pueblo despertó, ya no tenía miedo, estaban unidos, ya no estaban solos. Fue tan repentino que no les dio tiempo a reaccionar. Quisieron pactar a cambio de inmunidad, quisieron comprar a los líderes, pero no había lideres, todos contaban. Al final todo ese imperio fue cayendo. Primero los políticos corruptos y los incompetentes, luego los bancos, los mercados.


Cuentan que ese fue el inicio de la Nueva Sociedad. Ocurrió en un pequeño pueblo y su desencadenante fue un pobre hombre que murió. No sé si es verdad pero es una hermosa leyenda, la leyenda de la Nueva Sociedad.