viernes, 5 de agosto de 2016

Impactado por el sufrimiento, que ha visto por todas partes.


Esta mañana hemos recuperado el ambiente de tertulia, relajada, propensa a las confidencias, al desahogo, a la expresión libre de las ideas y sentimientos, transcurriendo en orden y respetuosamente las intervenciones, sin atropellos ni imposiciones. Hoy ha sido diferente.

Allí estábamos personas tan diferentes, acabadas de conocer algunas, y sin embargo, espontáneamente, se creó un clima de confianza, prestos  a escuchar y a compartir la opinión que cada uno quisiera transmitir.

N., A., dos nombres, uno de amigo y el otro de apóstol de Jesús, G.; G., el P. L. y yo mismo. El recién llegado se encuentra aquí por dos motivos, la separación matrimonial el primero, y el segundo que en su ciudad el albergue es solo para personas con alguna adicción, él, como es persona sobria y muy bien educado... no tiene cabida en ese albergue.

Tanto en el primer caso como en el segundo, es una víctima totalmente inocente de las leyes y del sistema asistencial que estamos creando, o hemos permitido que se cree. Hoy el bueno es culpable de serlo, sus principios y normas, las que le han permitido desarrollarse con buena conciencia y resultados, son antiguallas, cosas de carcas, del pasado;  y el menos bueno es el que merece todas las atenciones y toda la comprensión, y por tanto todos los derechos de una sociedad falsamente tolerante, fiel al relativismo y otras ‘nuevas dudosas virtudes’; los derechos son para los que se toman los de los demás ‘a la torera’.

Se dijeron cosas allí de mucho calado, de una gran sensatez, y pronto llegamos a la conclusión de que no era normal lo que nos está pasando como sociedad, de que no vamos por buen camino, que no entendemos qué pretenden determinadas leyes, y determinadas normas de convivencia. Este hombre nos decía con media sonrisa que el padre de su ex mujer estaba de acuerdo con él, y no con su hija, y cómo en el albergue lo rechazaron por sobrio. Seguimos hablando de todo un poco, de su trabajo, sus viajes, cuando podía, y de cómo hoy hay que ser extranjero en tu propio país para poder emprender un negocio, o para que te den alojamiento en un albergue...

Me impresionó cuando dijo, con el rostro afectado sin ninguna afectación, cuánto le conmovía el sufrimiento... es lo que más recordaba de sus viajes, por toda Europa. Como muestra diré que me preguntó si yo había estado en Roma, y al responderle que no, no trató de hablarme de su grandeza, su belleza, sino que lo que él recordaba era la plaza de San Pedro y la columnata, de noche,  llena de personas sin techo durmiendo y descansando...


jueves, 4 de agosto de 2016

Las rupturas familiares, nueva causa de pobreza


Por:  Víctor Ruiz

Fuente: www.e-cristians.net 

Una característica propia de este nuevo fenómeno emergente es la llamada feminización de la pobreza


En el actual contexto social, la transgresión de los valores tradicionales suele ser percibida como algo positivo, divertido, políticamente correcto y muchas veces necesario por la mayoría de políticos a la caza del voto, por los medios de comunicación y por una gran parte de la sociedad en general. Transgredir está de moda y ya hace años que esta actitud se ve reflejada en la estructura familiar, entre otros ámbitos. La tendencia a la precariedad en las relaciones de pareja conduce a que cada 4 minutos se rompa un matrimonio en España, según un informe realizado por el Instituto de Política Familiar. Por otra parte, es de todos conocido que las separaciones y divorcios son motivo de sufrimiento para ambas partes, pero sobre todo suelen causar problemas psicológicos a largo plazo a los hijos afectados. A todos estos datos, viene a sumarse ahora uno nuevo: Un estudio de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona revela que
una tercera parte de los separados y divorciados en la capital catalana acaban sufriendo una situación de pobreza y precariedad económica.

Según el estudio de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), las rupturas familiares son la causa de un nuevo modelo de pobreza que afecta, sobre todo, a la mujer. Los divorcios y las separaciones matrimoniales conllevan un riesgo añadido que favorece una emergente situación de precariedad económica, en la que también influyen otros factores de edad y género. Sebastián Sarasa, profesor de la citada universidad, ha presentado un informe sobre la pobreza y la exclusión en Barcelona que llega a esta conclusión, entre otras relacionadas con la mendicidad, cruzando y comparando diversos indicadores sociales y económicos entre los años 1996 y 2000.

El IPF ha dado la voz de alarma al constatar que, desde 1992 hasta hoy, el incremento de matrimonios rotos se ha disparado espectacularmente. Estamos hablando de un incremento del 72 por ciento, frente al estancamiento en todos estos años de la cifra de enlaces matrimoniales, que rondan las 200.000 parejas anuales. "La situación es tal que las rupturas matrimoniales están creciendo a ritmos más acelerados que la creación de nuevos matrimonios", señala Eduardo Hertfelder, presidente del IPF.

Los niños, los grandes perdedores

Las causas de este fenómeno sociológico, según señala la psicóloga Patricia Martínez, que ha participado en el estudio del Instituto de Política Familiar, hay que buscarlas "en la precariedad de las relaciones de pareja, generada sobre todo por el cambio cultural, la pérdida de valores religiosos y morales, la incorporación de la mujer al trabajo y la falta de colaboración de los varones en las tareas domésticas". Desde que entró en vigor la Ley del Divorcio en 1981, 4 millones de españoles se han visto afectados por los cerca de 1,5 millones de rupturas matrimoniales. Y el informe hace hincapié en que, de esta cifra, "más de un millón de afectados son niños, una situación que puede calificarse como dramática en términos de trastornos de la personalidad, fracaso escolar, etcétera", según afirma Hertfelder.

Los niños, al igual que ocurre en los casos de maltratos y en las guerras, son las víctimas sin voz ni voto en las decisiones de los adultos, en este caso en lo concerniente a la ruptura del núcleo familiar. Cabe añadir que, en el caso de las separaciones, la precariedad de las relaciones de la pareja a la que hacíamos referencia lleva en ocasiones a uno de los dos cónyuges a buscar refugio en una tercera persona, lo que se traduce en que uno de cada cinco niños proviene de una relación extramatrimonial. Los niños, además, se enfrentan a situaciones inestables, sin los referentes definidos de un padre y una madre que aporten la necesaria sensación de seguridad que garantiza un matrimonio estable.

Para corroborar hasta qué extremo pueden afectar las separaciones a los hijos, una investigación publicada en el JOURNAL OF FAMILY STUDIES ha demostrado que la mayoría de bebés y niños que se ven sometidos a los cambios propios de vivir con padres divorciados, alternando su vida diaria en los hogares de ambos, desarrollan problemas psicológicos a largo plazo. Según esta investigación, alternar la convivencia entre padres separados ocasiona "problemas de relación" en el 60 por ciento de los niños menores de 18 meses. A largo plazo, estos niños crecen con "niveles alarmantes de inseguridad emocional y una baja capacidad para regular emociones fuertes" durante su juventud y la posterior etapa de adultos.

Feminización de la pobreza

El estudio presentado por Sebastián Sarasa, relativo a la pobreza derivada de las separaciones y divorcios, pone también de manifiesto una característica propia de este nuevo fenómeno emergente: la llamada feminización de la pobreza. Cuando se produce una ruptura matrimonial, tanto el hombre como la mujer suelen padecer trastornos emocionales, psíquicos o económicos, pero es ella la que se suele llevar la peor parte. La feminización de la pobreza queda confirmada por indicadores que revelan que un 37 por ciento de las mujeres que sólo tienen estudios primarios están en una clara situación de carestía económica y representan un 62 por ciento de los perceptores de la renta mínima de inserción.

La feminización de la pobreza viene a establecer que hombres y mujeres experimentan una realidad de escasez económica de forma muy diferente. A la mujer le resulta mucho más complicado salir de esa situación debido a la cantidad de estereotipos y discriminaciones a las que está sometida. La desigualdad de oportunidades en el acceso al empleo, la exclusión de que es víctima por lo que muchas empresas consideran "las obligaciones domésticas" (entre las que se incluye el hacerse cargo de los hijos pequeños, que las lleva a acceder a puestos de trabajo peor considerados y retribuidos que los de los hombres) y la precariedad laboral, que incide más en las mujeres y las hace más presentes en la economía sumergida, son sólo algunos de los ejemplos que conducen a la feminización de la pobreza. A todo ello, cabe añadir la responsabilidad que tienen sobre los hijos, sobretodo en el caso de los más pequeños, dado que normalmente son las mujeres las que cargan con esa tarea afectiva, formativa y de manutención. Asumir el doble rol de trabajadora y madre de familia, sin la colaboración y presencia del padre, no es tarea fácil, especialmente si la situación económica es precaria.

En numerosas ocasiones nos hemos referido a las negativas consecuencias que acarrea para la sociedad, actualmente y de cara al futuro, una educación exenta de valores tradicionales y basada en buena medida en la transgresión y en una visión hedonista y materialista de la realidad que nos rodea. El sustento de esos valores se perfila como algo imprescindible en el caso de las rupturas familiares, que afectan principalmente, como hemos dicho, a los niños. La Santa Sede ha recordado siempre ante las Naciones Unidas, que la mejor manera de mejorar la dramática condición de la infancia es apoyar a la familia.


Resiliencia: definición y significado



La resiliencia es una capacidad que nos permite afrontar las crisis o situaciones potencialmente traumáticas y salir fortalecidos de ellas. La resiliencia implica reestructurar nuestros recursos psicológicos en función de las nuevas circunstancias y de nuestras necesidades. De esta manera, las personas resilientes no solo son capaces de sobreponerse a las adversidades que les ha tocado vivir, sino que van un paso más allá y utilizan esas situaciones para crecer y desarrollar al máximo su potencial.

Para las personas resilientes no existe una vida dura, sino momentos difíciles. Y no se trata de una simple disquisición terminológica, sino de una manera diferente y más optimista de ver el mundo ya que son conscientes de que después de la tormenta llega la calma. De hecho, estas personas a menudo sorprenden por su buen humor y nos hacen preguntarnos cómo es posible que, después de todo lo que han pasado, puedan afrontar la vida con una sonrisa en los labios.
La práctica de la resiliencia: ¿Cómo podemos ser más resilientes?

La resiliencia no es una cualidad innata, no está impresa en nuestros genes, aunque sí puede haber una tendencia genética que puede predisponer a tener un “buen carácter”. La resiliencia es algo que todos  podemos desarrollar a lo largo de la vida. Hay personas que son resilientes porque han tenido en sus padres o en alguien cercano un modelo de resiliencia a seguir, mientras que otras han encontrado el camino por sí solas. Esto nos indica que todos podemos ser resilientes, siempre y cuando cambiemos algunos de nuestros hábitos y creencias.

De hecho, las personas resilientes no nacen, se hacen, lo cual significa que han tenido que luchar contra situaciones adversas o que han probado varias veces el sabor del fracaso y no se han dado por vencidas. Al encontrarse al borde del abismo, han dado lo mejor de sí y han desarrollado las habilidades necesarias para enfrentar los diferentes retos de la vida.

¿Qué caracteriza a una persona resiliente?

Las personas que practican la resiliencia:

Son conscientes de sus potencialidades y limitaciones. El autoconocimiento es un arma muy poderosa para enfrentar las adversidades y los retos, y las personas resilientes saben usarla a su favor. Estas personas saben cuáles son sus principales fortalezas y habilidades, así como sus limitaciones y defectos. De esta manera pueden trazarse metas más objetivas que no solo tienen en cuenta sus necesidades y sueños, sino también los recursos de los que disponen para conseguirlas.

Son creativas. La persona con una alta capacidad de resiliencia no se limita a intentar pegar el jarrón roto, es consciente de que ya nunca a volverá a ser el mismo. El resiliente hará un mosaico con los trozos rotos, y transformará su experiencia dolorosa en algo bello o útil. De lo vil, saca lo precioso.

Confían en sus capacidades. Al ser conscientes de sus potencialidades y limitaciones, las personas resilientes confían en lo que son capaces de hacer. Si algo les caracteriza es que no pierden de vista sus objetivos y se sienten seguras de lo que pueden lograr. No obstante, también reconocen la importancia del trabajo en equipo y no se encierran en sí mismas, sino que saben cuándo es necesario pedir ayuda.

Asumen las dificultades como una oportunidad para aprender. A lo largo de la vida enfrentamos muchas situaciones dolorosas que nos desmotivan, pero las personas resilientes son capaces de ver más allá de esos momentos y no desfallecen. Estas personas asumen las crisis como una oportunidad para generar un cambio, para aprender y crecer. Saben que esos momentos no serán eternos y que su futuro dependerá de la manera en que reaccionen. Cuando se enfrentan a una adversidad se preguntan: ¿qué puedo aprender yo de esto?

Practican el mindfulness o conciencia plena. Aún sin ser conscientes de esta práctica milenaria, las personas resilientes tienen el hábito de estar plenamente presentes, de vivir en el aquí y ahora y tienen una gran capacidad de aceptación. Para estas personas el pasado forma parte del ayer y no es una fuente de culpabilidad y zozobra mientras que el futuro no les aturde con su cuota de incertidumbre y preocupaciones. Son capaces de aceptar las experiencias tal y como se presentan e intentan sacarles el mayor provecho. Disfrutan de los pequeños detalles y no han perdido su capacidad para asombrarse ante la vida.

Ven la vida con objetividad, pero siempre a través de un prisma optimista. Las personas resilientes son muy objetivas, saben cuáles son sus potencialidades, los recursos que tienen a su alcance y sus metas, pero eso no implica que no sean optimistas. Al ser conscientes de que nada es completamente positivo ni negativo, se esfuerzan por centrarse en los aspectos positivos y disfrutan de los retos. Estas personas desarrollan un optimismo realista, también llamado optimalismo, y están convencidas de que por muy oscura que se presente su jornada, el día siguiente puede ser mejor.

Se rodean de personas que tienen una actitud positiva. Las personas que practican la resiliencia saben cultivar sus amistades, por lo que generalmente se rodean de personas que mantienen una actitud positiva ante la vida y evitan a aquellos que se comportan como vampiros emocionales. De esta forma, logran crear una sólida red de apoyo que les puede sostener en los momentos más difíciles.

No intentan controlar las situaciones. Una de las principales fuentes de tensiones y estrés es el deseo de querer controlar todos los aspectos de nuestra vida. Por eso, cuando algo se nos escapa de entre las manos, nos sentimos culpables e inseguros. Sin embargo, las personas resilientes saben que es imposible controlar todas las situaciones, han aprendido a lidiar con la incertidumbre y se sienten cómodos aunque no tengan el control.

Son flexibles ante los cambios. A pesar de que las personas resilientes tienen una autoimagen muy clara y saben perfectamente qué quieren lograr, también tienen la suficiente flexibilidad como para adaptar sus planes y cambiar sus metas cuando es necesario. Estas personas no se cierran al cambio y siempre están dispuestas a valorar diferentes alternativas, sin aferrarse obsesivamente a sus planes iniciales o a una única solución.

Son tenaces en sus propósitos. El hecho de que las personas resilientes sean flexibles no implica que renuncien a sus metas, al contrario, si algo las distingue es su perseverancia y su capacidad de lucha. La diferencia estriba en que no luchan contra molinos de viento, sino que aprovechan el sentido de la corriente y fluyen con ella. Estas personas tienen una motivación intrínseca que les ayuda a mantenerse firmes y luchar por lo que se proponen.

Enfrentan la adversidad con humor. Una de las características esenciales de las personas resilientes es su sentido del humor, son capaces de reírse de la adversidad y sacar una broma de sus desdichas. La risa es su mejor aliada porque les ayuda a mantenerse optimistas y, sobre todo, les permite enfocarse en los aspectos positivos de las situaciones.

Buscan la ayuda de los demás y el apoyo social. Cuando las personas resilientes pasan por un suceso potencialmente traumático su primer objetivo es superarlo, para ello, son conscientes de la importancia del apoyo social y no dudan en buscar ayuda profesional cuando lo necesitan.


 (Pido disculpas por no citar la fuente, pero la ha perdido)