jueves, 9 de marzo de 2017

El trabajo dignifica al hombre.


Cristina Jiménez,

Partiendo de esta base, destacamos la importancia que juega en nuestras vidas y en la sociedad. Con su cumplimiento nos sentimos útiles y solventamos las necesidades diarias que generan las responsabilidades. No importa la misión que te encomienden para ganarte tu jornal, siempre y cuando ésta no degenere en humillación o esclavismo.

Hay quien decidió ir más allá, tomó al toro por los cuernos, hincó los codos y se quemó las pestañas para alcanzar sus sueños profesionales. Hay quien hizo de su hobby, su fuente de ingreso. El visionario emprendedor que hace de su negocio su mayor orgullo. Y los obreros, importantísimo motor laboral. Todos somos piezas claves en el engranaje de una maquinaria llamada MUNDO. Las diferencias peyorativas son propias de mentes cortas y llenas de prejuicios.

Buenos días, este escrito es lo que me sugiere el trabajo del General del Verbo Divino en Filipinas y de todos los misioneros, llevando el mensaje de igualdad y necesidad de unos y otros para que el mundo funcione y la diferencia con el presidente de Estados Unidos y su política.

http://www.misionerosverbodivino.com/tag/cristina-jimenez-suarez

martes, 7 de marzo de 2017

Trasferencia de afecto.


Una gran ola de afecto se desplaza desde los seres humanos a los animales. No sé, se me ocurrió esta
idea, así, sin pensar mucho, a la hora de la siesta, como un espejismo producido por una digestión más o menos pesada. Luego pensé que no era tal, que podía tener algún sentido. Incluso me da la sensación de que ellos, los animales, especialmente los perros, nos miran con enorme simpatía, y empatía incluso; entienden nuestros problemas y se esfuerzan en darnos lo mejor de sí mismos, que, sin duda es mucho. No en vano el facebook, ese cajón desastre, está lleno de  imágenes de la naturaleza, de flora y fauna. Yo admito que me gustan y cada vez añado más páginas de naturaleza, para compensar las desalentadoras noticias producidas por los humanos.
 Es cierto, los humanos, cada vez, nos distanciamos más y más unos de otros, rompemos continuamente lazos que habíamos creado y nos parecían buenos. Entonces nos perdemos el respeto también, para justificar nuestra propia mediocridad; pero así también nos humillamos, unos a otros, no nos reconocemos ni el menor valor. Pero si la sociedad se compone de los individuos que la
forman, esta sociedad se resiente forzosamente, hace aguas por miles de orificios, miles y miles de poros. Entonces el egoísmo tiene el campo libre, y crece, y se robustece mientras se ensoberbece, convirtiéndose en un peligro para sí y para los demás, de tanto como acaparara,  no parará hasta que reviente por algún lado...

Pero como no podemos dejar de ser humanos, y además algo tenemos de animales, nos refugiamos en ellos y apreciamos sus enormes cualidades humanas, las que quisiéramos en nuestros semejantes: su fidelidad, su constancia, su paciencia, su alegría espontánea, sin malicia alguna; que están pendientes de nosotros y se adelantan a nuestros deseos... en fin, cualidades que quisiéramos en los que tenemos al lado, aunque a nosotros mismos nos cueste llevarlas a la práctica con los demás. Casi siempre
dejamos que la iniciativa parta del otro.

Cuántas y cuáles sean las causas de tan tremenda y fatal situación, serían demasiadas, llevaría mucho tiempo enumerarlas, no digamos analizarlas...  Pero a mí, cada vez, me salen menos, las puedo reducir a unas pocas, pero la principal considero que es el haber desplazado a Dios del centro de nuestras vidas, incluso lo hemos abandonado colectivamente, y también sus mandamientos; eso es lo que nos distancia de los hermanos, los semejantes, pues todos somos sus hijos, queramos que no. Y por eso insistimos más en los derechos que en el amor. Pero, ¿Cómo podremos exigir a nadie lo que no somos capaces de dar, si eliminamos el Modelo más humano, más noble, más generoso? Sustituir a Dios, que se hace semejante al hombre para dar la vida por él, por un mundo sin Dios, o sea, endiosar al hombre, es lo que puede llevar a algunos a creerse dios, como Nerón o Calígula, u otros más recientes. En el pecado llevamos la penitencia...

Tan malo es que el ser humano sufra una perdida tan grande de afecto, de respeto, de empatía por sus
semejantes, que muchos no superan el infierno en el que caen, pierden el control de sus mentes, vagan por las calles creyéndose los personajes que su imaginación descontrolada les asigne, con arreglo a lo que cada uno haya cultivado en su vida pasada, precisamente para poder defenderse de ella, para superarla. Entabla una lucha atroz, hasta que, o bien logre el reencuentro consigo mismo en una realidad nueva, aún por desarrollar, y donde, con humildad e ilusión, comenzará a dar los primeros pasos..., o bien caerá en una enajenación completa, vagando y viviendo a merced de la ‘suerte’, de la caridad de quien se digne mirarlo al menos.

Todo esto que he escrito es para tratar de encontrar una explicación al aumento de personas sin hogar
que padecen algún trastorno mental de consideración. Son cada día más los que acuden pidiendo ayuda al trabajador social, que en muchos casos, si se les diera, no serían capaces de administrarla en su favor. De veras que conmueve ver a una persona enajenada a merced de lo que le dicte su propia mente. Son los más difíciles de atender, porque no contamos con los medios necesarios, no podemos encaminarlos a ningún centro adecuado, dar parte a alguna institución que se hiciera cargo, ni a la misma policía...


Nadie quiere saber nada. Ahí van, sucios y malolientes, un blanco frecuente para el desprecio, al que
dirigirle un caudal, no de agua, sino de palabras gruesas, ofensivas... para ensuciarlo más, para humillarlo más. No nos avergonzamos de una sociedad que consiente que algunos de sus miembros sufran una marginación total, y no pone a disposición de los necesitados los medios materiales y humanos, especializados, fruto del desarrollo adquirido por el esfuerzo de generaciones, alentadas siempre por el ideal de mejora permanente y al servicio del bien común, del progreso para todos.

viernes, 3 de marzo de 2017

Una triste historia, repetida.


‘El exceso de ocio es la madre de todos los vicios’. Muchas veces he repetido esta frase, para dar una explicación a las ‘tonterías’, o cosas aún peores, que pueden llegar a hacer algunas personas que no tienen ‘nada que hacer’ un día detrás de otro, una hora tras otra, tengan o no trabajo.

Digo lo anterior para introducir la confesión que me hacía esta mañana una persona,  que estaba ‘aburrida’ de no hacer nada. Después de haber pasado veinte años en cárcel,  sujeto a una disciplina al menos, ahora se encuentra desorientado, sin ‘nada qué hacer’, sin poder ocupar su tiempo en algo útil y provechoso para él y para los demás, pudiendo así completar satisfactoriamente  la remisión de sus faltas o crímenes; pero se encuentra sin ninguna protección frente al propio desánimo, el anonimato en medio de una sociedad ocupada en sus cosas, y que en su mayoría muestra poco o nulo interés por lo ajeno; aprisionado ahora en el paro más inmisericorde que se haya dado en esta sociedad del bienestar; en definitiva, sin futuro a la vista...

Me decía, ya en el calor de la conversación, en la confianza que se había ganado, que estaba deseando ir a L. porque un compañero que estaba trabajando allí  lo iba a colocar de ayudante de cocina, pero no sabía cómo ir, si le ayudarían con el billete. Tenía cambios de humor y, de pronto, mirándome a los ojos, haciendo hincapié en que, lo que me iba a decir podría parecerme raro, incluso mal, me dijo: ‘a veces siento unas ganas enormes de cometer alguna tontería, pegarle a un guardia, para volver a la cárcel...’ Quizá le tranquilizó el que yo le dijera que no era la primera vez que escuchaba más o menos las mismas palabras, que no era el primero, ni sería el último, pero que eso pasaría.

Todo esto podía resultar ‘de lo más normal’, en una oficina como esta, para personas sin hogar, los que se ven fuera de sus hogares por la imposibilidad de mantener una convivencia entre la pareja, entre padres e hijos; sea porque se ven en la más absoluta soledad, nadie le espera al salir de la cárcel, ni familiares ni amigos;  o, como en este y otros casos, porque no quieren ‘molestar’ a su familia, hermanos o hermanas, tíos, etc. El único recurso que les queda es la calle, o conseguir alojamiento en algún albergue, y en otro, y en otro...

Aquí no termina esta triste historia. Ayer me decía estas cosas, hoy, nada más llegar a la oficina me aborda antes de terminar el saludo de los ‘buenos días’, me habla muy bajito, me coge por el brazo y me lleva afuera, para que no lo oigan,  para decirme que necesita ayuda para ir a otra localidad, que no era L., a donde quiere ir a trabajar. Como lo vi asustado, preocupado, indefenso, (hablando después con compañeros me salió la expresión ‘parecía un perrillo apaleado’) y a mí me coge en mala situación financiera, acudí a mi compañero para entre los dos, ayudarle a sacar billete, a una localidad próxima.

¡Pero, qué le ha ocurrido a este hombre para que  tenga que irse tan de repente! Pues que esta noche, en medio del insomnio, a las cuatro de la madrugada, fue al servicio en el albergue que lo había acogido, y como el vigilante notó que salía olor a tabaco del servicio, lo culpó a él y lo expulso, inmediatamente. Él dice que no había fumado.

Yo no sé si fumó o no. Pero lo que sí sé es que la situación anímica de esta persona, el enorme estrés que padece, le puede llevar, ¡qué menos!, que a querer fumarse un pitillo y calmar la ansiedad que lo consume. Mejor eso que pegarle al guarda o a quien fuera.

De aquí, pasamos a arreglar otro poco la sociedad y la nación, y no nos cabe en la cabeza que hablen de reinserción, sin poner los medios necesarios para que el reencuentro con la sociedad, no asuste a las personas, y las obligue a ponerse en guardia. Yo imagino que esta persona, al haber pasado veinte años en la cárcel no puede asimilar los cambios que se han producido.

Tengo un hermano que ha padecido mucho, entre otras cosas perdió la memoria completamente, hasta el punto de no conocer a la mujer con quien vive... Después de muchos años, con gran paciencia, va recuperando memoria, y me dice que es una tortura no conocer a nadie, no recordar nada; pero sobre todo me decía, muy preocupado: ‘ ¡cómo ha cambiado todo, no entiendo nada! ¡No sé ni manejar un transistor, ni una cámara de fotos (él era un gran fotógrafo), no tienen nada que ver con la yo tengo; ya no se usan carretes...!’ ¿Pero, qué ha pasado? La realidad que va encontrando no casa con la que él vivía antes del ataque y eso le causa verdadera angustia, en ocasiones también sé que no quería seguir viviendo.


Gracias a Dios, él cuenta con una gran ayuda, y con medios para vivir... Pero, ¡¿Cómo se recupera una persona, en plenas facultades físicas, sin medios para ser autónomo, para desarrollar sus aptitudes intelectuales, laborales, sociales...?!