miércoles, 24 de agosto de 2016

La huida

  
Daniel Medina Sierra


La huida en ocasiones es la mejor opción, sobre todo cuando la situación te supera. Existe una doble cara, la primera es la antes mencionada, una retirada a tiempo es una victoria, la segunda es convertir la huida en un hábito.
Es comprensible, y a todos nos ha pasado en alguna ocasión, que no pudiendo encontrar una solución a un problema determinado, hemos aparcado momentáneamente ese problema hasta encontrar una solución adecuada, de no ser así, podría desarrollar problemas mayores, depresión, ansiedad, angustia... Aparcamos temporalmente nuestro problema.


En segundo lugar tenemos a los individuos que hacen de la huida un hábito de vida, nada saludable. Van agregando problema tras problema al mundo subconsciente esperando, no la solución, sino que se desechen por si solos. Lo de que una huida preventiva, ante una circunstancia que nos supera, seria sana y correcta, antes de dar un paso en falso y errar y empeorar más las cosas, se convierte en temor a la realidad, temor a la acción y elección de nuestro destino.


Cuando cruzas la acera, retrocedes, miras hacia ambos lados y luego cruzas al otro lado. El huidizo para, mira a todos lados como si le cayera un coche del cielo, y se queda parado, no cruza, por lo tanto no avanza.  Son dos caras de una misma moneda.
El destino te guarda grandes penalidades, grandes pruebas, grandes retos, grandes metas. La felicidad no se alcanza agazapado, esperando a que la tormenta pase. Es normal, lógico, que necesites tiempo para empezar a andar después de una gran caída, pero no conviertas una tragedia en una condena de por vida.


Conozco a muchas personas que se escudan y defienden ilustrando su tragedia con argumentos convincentes y demoledores, maltrato, depresión, alcohol, drogas, cárcel, desahucios, abandono... ¿ y después qué? llevan tantos años autocompadeciendose que ya nadie los toman en serio.¿ qué esperan de los demás, acaso la huida de su presente es motivo de la acción moral de otros?


No hay solución definitiva ni igualitaria para otro ser humano, él debe ser quien busque la salida, quien después de mirar a ambos lados cruce la otra acera. Solo cuando decides avanzar, cuando ya has quemado todos los cartuchos de la autocompasión, cuando no demandas oídos que escuchen la melodía constante de tu desgracia, tu mano alcanzará la otra dispuesta a luchar contigo; contigo, no por ti.


martes, 23 de agosto de 2016

Cumple lo que prometes


JOSÉ LUÍS NUNES MARTINS


Las palabras no son viento que sale de nosotros. Con ellas se dice la verdad, a través de ellas se construyen realidades, pero también con su poder se crean mentiras –  trampa donde se quiere que los otros caigan.

Una promesa que cumplo es una garantía que doy a los otros –y a mí mismo- de que la confianza en mí depositada no se puede perder, fructifica. Una mentira –o una simple promesa hecha – hace lo contrario, corroe los pilares de lo que soy, me destruye... cuando miento, soy yo mismo quien asume que no merece la verdad, que no soy digno de mi misma confianza. Es así porque es casi irrelevante que una determinada mentira sea descubierta por los otros: cuando alguien miente, sabe que miente. Quiere mentir. No quiere la verdad. No quiere ser auténtico.

Creer que las propias palabras son pasajeras es despreciarse. Reconocer un error es bueno, intentar disculparse, alegando que todos cometemos errores, ya es una excusa para la irresponsabilidad... porque es posible que la mayor parte de los otros no cometan los mismos errores que nosotros.

Es esencial tener presente que el eco de la palabra dada con honra quedará para siempre en el corazón de aquel a quien se destina, pero marcará aún más el suelo del alma de quien decidió pronunciarla.

Quien quiere ser mejor, se levanta temprano. No quiere soñar con mundos fáciles y posibles. Quiere vivir lo mejor de todos los posibles, por más difícil que sea.

Importa cuidar mucho del silencio en que envolvemos nuestras palabras. Él dice siempre más que las propias palabras. Puede ser señal de presencia o de ausencia. La verdad o también una mentira. El bien o un mal. El silencio puede ser una armadura que protege o una espada que mata...

Prometer a alguien nuestro silencio bueno será uno de los más bellos gestos que podemos realizar, no la promesa en sí, sino lo que hiciéramos para cumplirlo.
Uno de los designios más altos de la existencia será el de hacer de la propia vida una certeza de bien.


                                                       (ilustração de Carlos Ribeiro)


lunes, 22 de agosto de 2016

La ‘subsociedad’



Daniel Medina Sierra


Hace unos días estuve escuchando un programa de radio. Un chico que estuvo cinco años en la calle y que actualmente se encuentra en un centro, explicaba su experiencia; de eso no os voy a hablar porque de eso ya he hablado bastante al respecto.
Una frase sí que me llamó considerablemente la atención, decía denominarnos como ‘subsociedad’, y hete aquí que empecé a pensar sobre ello y a reflexionar sobre esta singular manera de llamarnos a todos los excluidos sociales.
‘Subsociedad’, o así lo entendí, como si estuviésemos debajo de la sociedad, en el subsuelo, en las alcantarillas de lo que hoy seria la sociedad actual; merece la pena ampliar este tema.


Cuando las personas hablan de los pobres, es cierto que lo hacen como si fuera una especie de tribu, otra raza distinta a ellas, algo lejana e incomprensible para ellos. La distancia, o mejor dicho, el distanciamiento con que las personas hablan de la pobreza es signo inequívoco de que hay una barrera infranqueable entre clases sociales.
A veces no puedo dejar de pensar en la ignorancia voluntaria de muchas de estas persona; me explico, cuando se habla de compromiso, de dignidad, de responsabilidad, de verdades y mentiras, de engaños, de lucha y esfuerzo... ¡ ja! eso lo dicen personas que ni siquiera saben lo que es el significado verdadero de estas palabras, es más, muchas de ellas jamás se lo han aplicado a ellos mismos.


Parece ser que cada persona sin hogar tiene que pasar un examen de consciencia, un juicio de honor, una sentencia ya dictada y prefabricada con todos los tópicos y perjuicios pasados, presentes y futuros. Cualquier canta mañanas del tres al cuarto juzga tu situación y te mira por encima del hombro, como el que mira a un insecto agonizando. Tal vez por eso diga este señor que llamó,  que somos una subsociedad, no lo tengo muy claro.




¿ Y si yo dijera que la 'subsociedad' es la que vive al margen de la pobreza? si yo dijera que todo el sufrimiento causado por estas personas me han hecho ver la verdadera naturaleza de las mismas, la oscuridad de su alma, la estupidez en grado superlativo, la falta de fuerza para afrontar la mínima parte de esta batalla. Daría igual, ya lo creo, pero a mí no. Me hice hombre, niño, fuerte, sensible, real, luchador, perdedor, ganador. Soy un alma libre, no dependo de nada, si mañana muero moriré siendo nada más que un hombre. ¿Quién puede decir eso? Que te juzguen y que te de igual porque sus juicios morales y éticos no están a la altura de los tuyos.


Dudar de la superación de una persona, subestimar su fuerza, sentenciar a muerte a un ser que ha caído y creer que no se levantará jamás. Yo he vivido eso en primera persona, como nadie creyó que me levantaría y renacería de mis cenizas. Sus miradas antes esquivas, con resignación, ignorando mi presencia al pasar. Todos ellos y muchos más reflejaron su verdadero ser cuando caí a las profundidades del desconsuelo, lobos con piel de cordero. Hoy ya nadie se atreve a mirarme así. No le he vuelto la espalda, no los he ignorado, simplemente renací, sin dinero, sin techo seguro, pero renací y eso hace que se tambaleen todos los cimientos de una sociedad vacía e inerte, incapaz de ver la transformación de un ser distinto al de su recuerdo, en definitiva, mejor.


Esta es mi definición de 'subsociedad', la de la falta de empatía, falta de valores básicos, falta de honor y compromiso, una sociedad con desgana de todo, nada les llena, nada les interesa realmente, viviendo en la inopia, sin proyectos, sin metas, sin amistades verdaderas. El precio de este desinterés es aún más caro que el que yo pagué por mi pobreza económica. A mí me ampararon mis valores, mi consciencia, mi autocrítica ¿ pero que los va a amparar a estos que ni en una situación buena conocen valores, ni consciencia de sí mismos y, por lo tanto, incapaz de autocriticarse?





sábado, 20 de agosto de 2016

Mara


 Pilar Paz Pasamar
 
¿Dónde voy yo, Dios mío,
con este peso Tuyo entre los brazos?
¿Para qué has designado
mi pobre fuerza a Tu cansancio inmenso?

Si quieres descansar, descansa en otros,
apoya Tu palabra en otras bocas
que te dirán mejor. Yo quiero ir
a solas por el campo, sin motivos,
sin lazos y sin cosas. Vete ya,
no soy yo quien debiera sostenerte.
Tu peso duele mucho, y es muy grande

Tu fatiga de Dios sobre mi cuerpo.

¿A dónde quieres ir sobre este vano
camino de mis pies, que no se orientan?
Búscate un lecho blando
en el pecho del niño, o del poeta
pero déjame a mí, muda y perdida,
sobre la tarde sola.
No huelles más mi hierba que humedece
un rocío continuo y desvelado.

Estoy empobrecida de lágrimas y gestos,
no tenga más calor que el de esta pena sorda,


y eres muy grande Tú para este frío,
y es muy pequeño el beso de mi boca.

¡Déjame ya, Señor! ¡Hay tanta espiga!
¡Hay tanta espiga enhiesta...!


 No recorras este arenal desierto de mi huida.
¡Déjame ya!... ¡Se está tan bien a solas!
(Mujeres de carne y verso. Antología poética femenina en lengua española del siglo XX. Edición de Manuel Francisco Reina. La esfera literaria. 2002)




No hay Nada que Resista al Tiempo

Miguel Torga



No hay nada que resista el tiempo. Como una gran duna que se va formando grano a grano, el olvido cubre todo. Hace unos días pensaba en esto a propósito de no sé que afecto. En como dos personas creen que se aman locamente, y no tienen mutuamente en el cuerpo y en el pensamiento sino la imagen del otro, y de ahí a media docena de años no se acuerdan siquiera de que tal amor existió, se cruzan en una calle sin el menor estremecimiento, como dos desconocidos.
 
Esa certeza, hoy, se afianzó aún más en mí.

Fui a ver la casa donde pasé uno de los años cruciales de mi vida de adolescente. Y ni las puertas, ni las ventanas, ni el panorama en frente me dijeron nada. Tenía aquí adentro, es cierto, una nebulosa sentimental de todo aquello. Pero lo concreto, lo real, el número de pasos de la escalera, la cara de la casera, la significación terrena de todo aquello, desaparecerá.

Miguel Torga, in "Diário (1940)" 


viernes, 19 de agosto de 2016

La Maravilla de la Vida es que Todo en Ella Tiene Justificación


Miguel Torga


Desahogo de un amigo, que no encuentra justificación para su pecado mortal, que es vivir. Vivir al sol, gratuitamente, como un lagarto. Le respondí que la maravilla de la vida es que todo en ella tiene justificación. Así, desde la más humilde hierba al bicho más repugnante, no hay presencia en el mundo que no sea necesaria e insustituible. Que, de lo contrario, faltaría en la tierra esta admirable plurivalencia, que hace de una tarde de sol, de trigo y cigarras, el más asombroso espectáculo que se puede ver. El medir después la distancia que va de la hormiga al león, de la ortiga al castaño, de Nerón a San Francisco de Asís, es una casuística que no tiene nada que ver con el torrente de savia que inunda el mundo de polo a polo. Fuese, y por la tarde regresó con un bello poema.


Miguel Torga, in "Diário (1938)" 


miércoles, 17 de agosto de 2016

Un cabo para entrar un poco en el misterio


Es fácil encontrar a Dios en una celebración litúrgica, es fácil y cómodo disfrutar de su presencia reinante, sentirse allí pequeño y parte de un reino tan magnífico, tan pleno, unido a todos los creyentes de todos los tiempos. ¡Qué hermosa es una ceremonia litúrgica, una santa misa celebrada con unción, con devoción, sintiéndose parte de un misterio tan grande!

Pero al terminar, al regresar a la vida cotidiana y vulgar, toda aquella luz, aquella paz interior, se desvanece pronto. Si los mismos apóstoles, incluso los que  habían contemplado a Cristo transfigurado, tienen después comportamientos demasiado humanos,  que le causan enfado hasta llegar a la reprimenda; no digamos el mismo Pedro, capaz de confesar a Cristo con la mayor naturalidad y firmeza, a la hora de las duras, se esconde y lo niega, lo traiciona cobardemente ¡Pero, quién no repite una y otra vez estos mismos comportamientos, y aún peores!

La búsqueda sigue, aunque el encuentro se retrasa, incluso parece esquivo; se esconde en apariencias que no nos atraen, que no tienen la luz y la belleza de la celebración  litúrgica. Pero Dios está en todas partes, y sobre todo allí donde haya una persona, y si es una persona necesitada, más aún.

Sin embargo, ahí está la sorpresa, ahí está el milagro, cuando estás ante una persona, necesitada, que no responde  a los parámetros de cordura de una persona común y corriente, de un ciudadano de plenos derechos digámoslo así, y sin embargo te habla de Dios en un lenguaje tan real. Habla, más que  con palabras, con gestos, con hechos. Habla de Él cuando te agradece de corazón lo poco que le puedes dar;  cuando te valora sólo porque lo escuchas, o porque tienes el valor de mirarle a los ojos, de igual a igual, sin juzgar ni su apariencia ni su vida.

Pero el colmo del milagro es cuando, en medio de la miseria que rodea a esa persona, surge un interior fabuloso, puro, que habla de Dios misericordioso desde la indigencia más absoluta, material e intelectual a veces. Ese es el misterio, escondido para los sabios,  los duros de corazón, los egoístas. ¡Cuánta generosidad he visto en la indigencia! ¡He visto personas tan ricas, tan humanas, tan nobles, que las carencias materiales no suponen ningún obstáculo a su fe, sino que la acrecientan!

Pero, a pesar de ser tan evidente, me cuesta admitirlo, he de reconocerlo. Sí, esos son los hechos, los cuales constituyen  un cabo del misterio que descubro en mitad de la noche, y que me impulsan a levantarme para tratar de escribirlos para que no se me olvide mañana al levantarme y comenzar la actividad.

¿Cómo sonarán a una personas sin hogar estas palabras tan bellas? No lo sé, pero con ellas quiero terminar con una oración por todos ellos: “El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa delante de mis enemigos, unges mi cabeza y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por días sin termino.”